Lunarias en Viaje a Bizancio

¡Extra, Extra! ¡True Story!

En las próximas semanas se pondrá a la venta mi primera antologia en castellano de minicuentos y microrrelatos, Lunarias, gracias a la confianza de Viaje a Bizancio Ediciones.

Más de cien nanorrelatos llenos de oscuridad y risas que saldrán en una edición bonita-bonita. La primera tanda, con reserva, será un poco más vistosa que la que luego se podrá comprar vía Print-On-Demand, es decir, desde la web de la editorial se encarga el libro y os lo mandan a casa sin gastos de envío.

Dentro de poco iré poniendo más información y datos sobre cómo y cuándo haceros con la edición limitada firmada por un servidor de ustedes. También podéis seguir el blog que hemos abierto en Lunarias.

¡Nos vemos!

Minicuento – El cerdo Berto

Berto gruñó un poco mientras se revolvía entre la paja. Era un cerdo con nombre. La cría del amo se lo había puesto, como al resto de animales. Pero Berto acudía al escuchar su nombre junto a los barrotes y la cría siempre reía al verle mover su hocico largo y rosado buscando la comida que el amo traía. También le cambiaba la paja y, de vez en cuando, le tiraba agua con la manguera. A Berto le gustaba la granja.

Volvió a gruñir, esta vez junto a su comedero. Estaba vacío. Nunca antes había estado así. Fuera no se escuchaba mucho. El cacareo de las gallinas. El rumor del viento. El relincho lejano del caballo. Berto dio una vuelta inquieta dentro de su pequeña porqueriza. Asomó el morro y trató de olfatear a su amo. O a la comida. Nada.

Pasó el tiempo y nadie entró en el cobertizo. Berto tenía mucha hambre. Había lamido hasta los últimos restos en su comedero. La paja estaba húmeda y fría. La porqueriza se le hizo diminuta y estrecha, tanto que decidió empujar la portezuela que le encerraba con todas sus fuerzas. Apenas logró moverla un poco. El cerdo se fijó en la cuerda que ataba el cierre. Si se apoyaba en el comedero podría llegar a ella. Enganchó sus pequeños y afilados dientes al trozo de cáñamo y mordió con insistencia. No tardó mucho en deshilachar la cuerda. Volvió a empujar y abrió la puerta. Fuera no había nadie. Levantó la cabeza y trató de olisquear algún rastro. En ese momento captó el olor. Comida.

Avanzó con sus pasitos cortos todo lo rápido que pudo hasta salir del cobertizo. El sol estaba de color naranja. Las gallinas no hacían ruido. Caminó hasta la casa del amo siguiendo el rastro. Las máquinas estaban paradas. Nada se movía. Encontró a la cría del amo, tumbada sobre las escaleras del porche. El olor venía de allí. Berto empujó a la cría con su morro húmedo y rosado, pero no obtuvo respuesta. Subió como pudo las escaleras. Arriba estaba el amo. Y la compañera del amo. Desde allí pudo ver el camino de la granja. Había más máquinas paradas. Y más humanos quietos, tumbados en el suelo. Como el amo y su cría. Se acercó y observó su rostro. Estaba gris. No se movía.

Le dio un tímido mordisco. Y luego otro. No paró hasta quedar saciado.

Y así fue cómo los cerdos heredaron la tierra.