Actitud

Perdonad mi acento marxista, pero me recorre un fantasma el espinazo cuando los dueños de los medios de producción se imponen a la creación para conseguir una sub-sub-cultura esquematizada y cuadriculada de la que parece imposible escapar. Por todos lados aparece el fantasma de la profesionalización, de tal forma que parece la única salida el doblegarse, agachar la rodilla y perder gran parte de tu alma.

Ves a los amigos más preocupados en acertar con lo que se lleva, con la tendencia, con la tontería del mes, reescribiendo, cambiando, todo para pasar un filtro cada vez más rígido, compuesto de encuestas y márketing.

Un escritor es un creador, un artista, y debe marcar la diferencia, bien sea para sí mismo o en la sociedad en la que vive. Crear sólo para ganar dinero es pintar acuarelas de payasos, algo muy digno pero que encuentro mortalmente aburrido. No hay que cambiar para adaptarse a la industria. Hay que mejorar para que tu obra acabe logrando su propósito -sea el que sea- por ella misma.

La culpa de todo esto la tiene la Escuela de Frankfurt, Adorno y mi maldita manía de leer demasiados blogs.