Leticia Sabater prepara un nuevo Harry Potter. ¡Y la entrega anual de la quiniela minotaura!

Ooooooh, si. Estas son las noticias que dan sentido a los monstruos felices.


Al parecer, Leticia Sabater está preparando -o terminado por lo que parece- un libro fantástico sobre una joven niña llamada Leti, que vive sus aventuras en un internado donde suceden extraños sucesos. Al parecer la cosa va para saga –¿Leti Potter?– y el libro ya está camino de la editorial (WTF!) y Leticia Sabater piensa que estará listo para salir al mercado en un par de meses (2xWTF!!!)

Su principal inspiración parece haber sido Enid Blyton, así que es posible que Leti pase las horas muertas en el internado dándole a la cerveza de gengibre y llevando unos shorts con su perro Dick.

Pero no sería el primer libro de Leticia, ya que allá por el 1994 sacó un libro magistral dedicado al ligue de quinceañeras llamado Locos por ti, donde ya explicaba cómo ligarse a un pijo o a un millonetis (sic) algo en lo que, por otra parte, resultó siendo una experta.

Después de esta asombrosa noticia -y tan asombrosa, oigan- no puedo menos que hacer mi tradicional quiniela del Premio Minotauro, en la que este año, sin duda, tiene todos los números Fernando Jiménez con El templo de la Luna.

El sacrificio de nonatos y la sangre de vírgenes me ha dicho que es muy probable que gane. Sobre todo cuando la propia editorial, en ese pedazo de magnífico volumen ikerjimenizado e ikerjiminizante, dice de él que “Acaba de publicar su primera obra, Un viaje mágico por Egipto, y está trabajando en un thriller histórico que aparecerá próximamente en Minotauro

Bueno, nada más. Si queréis seguir leyéndome hay que hacerlo en el Blog de Lecturalia. Cosas del trabajo.

De viajes y concursos

Bueno, aquí estamos de nuevo tras disfrutar una escapada literaria a Barcelona y saquear Negra y Criminal, Gigamesh y Freaks. Por no hablar del apartado gastronómico siempre fantástico en el Machiroku.

Gracias, como siempre, a Juanma Santiago, Cristina, Álex, Nuria, Pau y Nacho que nos hacen sentir como en casa siempre que pasamos por Barna.

Otras cosas: Por fin salió el fallo del premio Maracena de Terror… y me quedé a punto de ganar. Maginot ha recibido elogios del jurado y recomendaciones para ser publicada con la editorial Almuzara. Lo veo difícil, la verdad. Quizás ésto sirva para poder mover con mayor facilidad la novela más adelante. Quedar segundo siempre deja una sensación agridulce.

Por lo menos tengo un montón de libros nuevos que leer.

Hispacon 2008 – Indalcon

Terminó una hispacón más, ya son unas cuantas a las que he ido, y, como siempre, todo acaba en una extraña sensación agridulce.

Por un lado, la sinergia es fantástica, el reencuentro con los amigos es maravilloso, las ideas saltan a toda velocidad, los proyectos se disparan… Pero claro, no puedes dedicarle tiempo a todo el mundo, siempre se te escapa alguien con quién querías hablar y no están todos los que deberían para que el resultado fuera perfecto.

Yo me lo he pasado muy bien en la Indalcon, pese al desfase de varias sedes. Las conferencias que he asistido han estado muy bien y los corrillos pasilleros, pues también. Por desgracia parece que el culo friki de la mayoría de los miembros de la AEFCFT ha engordado tanto que es incapaz de salir por la puerta de sus casas, así que a lo mejor no hay más asociación, hispacon o ignotus. Esperemos que no.

En el apartado profesional, pues dos ignotus más a la saca. Uno de la Legión del Espacio, suerte que estaba Fedde para recogerlo, que se lo merecía por todo el curro que se pegó con el cómic el año pasado, y uno de cuento compartido con mi hermano siamés zombie, Santi Eximeno. La Apertura Slagar, que podéis leer en NGC3660, recibió la confianza de socios y asistentes. Gracias.

Poco más que añadir y bueno, lo de siempre, genial estar con todo el mundo, con Víctor, Gabriella, Francisco, Alfonso, Gorin, Marisa, Pily, Jasso ( y todo el colectivo terrorífico (y maño)), Unai, Fernando Angel, Alberto, Raul y Antonio, Sergio, bueno, todos con los que estuve hablando y que sería demasiado poner aquí.


Romance del Esqueleto

Sus huesos animados

encontró el enterrador

Salieron ellos sólos

para buscar el amor

Ojos vacíos sin vida,

hongos verdes de corazón

Un fuelle como pulmones

y alma de trovador

Esqueleto galante y tenaz

vestido de claroscuro

Sombrero de copa, gabán

y entre los dientes un puro

Por las calles de noche camina,

cantando la misma canción,

antes de que trine el gallo

enmendará una traición

En la taberna del Galgo

entrampa a un viejo ladrón

Escapando del alba su alma

en una apuesta perdió

La casa del lago resiste

a la ausencia de su dueño

Otro hombre disfruta

de su añorado ensueño.

Su mujer con otro yace

sufre el probre esqueleto

apenas se resiste

para probar su carne

El viejo ladrón huye

asustado de tanta muerte

La luna teñida de sangre

para saciar el hambre.

Muchos huesos encontraron

sobre el tálamo nupcial

Tres personas allí murieron

dictaminó el juez local.

En el infierno sufre ahora

castigo eterno sin final

Pero el esqueleto sonríe,

para siempre lo hará.

Catulo

Vivamos, Lesbia mía, ¡amémonos!
Y démosles el valor de un as
A los rumores de los ancianos severos.
Los soles seguirán muriendo y volviendo a nacer;
Pero, una vez que nuestra breve luz se apague,
Sólo nos quedará una noche eterna
Que habremos de dormir.
Dame mil besos, y después cien,
Y después otros mil y otros segundos cien,
Y, sin parar, hasta llegar a mil más, y después cien.
Finalmente, cuando nos hayamos dado tantos miles,
Los dejaremos en el olvido, para no recordarlos,
Y para que nadie sienta envidia
Al saber que entre nosotros hubo tantos besos.

Rochester

By all love’s soft, yet mighty powers,
It is a thing unfit,
That men should fuck in time of flowers,
Or when the smock’s beshit.

Fair nasty nymph, be clean and kind,
And all my joys restore;
By using paper still behind,
And sponges for before.

My spotless flames can ne’er decay,
If after every close,
My smoking prick escape the fray,
Without a bloody nose.

If thou would have me true, be wise,
And take to cleanly sinning,
None but fresh lovers’ pricks can rise,
At Phyllis in foul linen

Ignotus 2008

Quién me iba a decir a mi que ese cuento inacabado, que casi había dejado por imposible, y que colgué en el Blog sin esperanza de continuidad, llegaría a ser uno de los nominados al Ignotus. Claro que la culpa de todo esto la tiene Santi Eximeno, que decidió seguir allí donde yo no veía nada. La Apertura Slagar nominada a mejor cuento nacional. Acohonante.

Por otro lado, seguimos ahí con La legión del espacio, este año con nuevos competidores. Ya era hora. A ver qué pasa.

Madera de ataúd

Veinte marcos era cantidad suficiente para que Klaus y Heinrich hicieran la vista gorda en su ronda por el cementerio, ataran los perros dentro de la casucha que usaban como garita, y apagaran los fanales que apenas iluminaban tumbas viejas y cuatro panteones que ya nadie visitaba.

Faruk dejó el dinero junto a la cancela de la entrada y esperó con impaciencia, oculto tras su abrigo de paño y sus gruesas gafas redondas. La nieve se levantaba casi un palmo del suelo y la noche no había hecho más que empezar. En un par de horas la humedad del Danubio cubriría Viena de una niebla espesa, momento ideal para aquellos que, como Faruk, gustaban de hacer negocios que preferían guardar en secreto. La puerta del cementerio se abrió un par de palmos dejando un rastro de óxido sobre la nieve e invitándole a entrar.

Hizo una seña a los dos muchachos que esperaban en su carro para que se acercaran. Vestían con harapos y no habían comido nada caliente desde los tiempos del Profeta. Eran la mano de obra perfecta para el trabajo que le habían encargado, dispuestos a todo, sin remordimientos, sin hablar una palabra de alemán.

Los tres hombres, pala en mano, caminaron ente las filas de tumbas decoradas con ángeles, vírgenes y cruces de mármol, dejaron atrás la zona de los ricos y los burgueses, rodearon aquellos lugares donde las lápidas estaban limpias o cuidadas. La luz desapareció hasta que Faruk encendió un pequeño fanal, su luz amarillenta se difuminó en la niebla que ya había llegado hasta ellos, caminando como un fantasma sigiloso.

-¿Cavamos ya, Faruk? -dijo uno de los muchachos.

-No, un poco más al fondo. Avanzaremos hasta llegar al muro. Allí está la tumba que nos interesa.

No era la primera vez que Herr Maier le encargaba a Faruk un trabajo de esas características, aunque la mayor parte de las veces había sido más concreto; el encargo más habitual era el de la mano de un asesino, los dedos de un estrangulador y, en ocasiones, la lengua de una mujer o la mortaja de un niño. Lo que hacía aquel viejo siniestro con sus peticiones no le importaba a Faruk, después de todo no era el peor de sus clientes. Por lo menos Herr Maier sólo se dedicaba a los muertos. No como otros.

Aquella noche, nevada y arisca, le había dado instrucciones concretas. Faruk las llevaba anotadas en un trozo de papel en el bolsillo. Llegaron al muro sur, el robatumbas levantó el fanal sobre su cabeza y observó con ojo experto cuatro lápidas tumbadas llenas de musgo y malas hierbas. Descartó las dos primeras y se agachó junto a la tercera. Limpió la superficie de piedra para leer el nombre y poder compararlo con sus anotaciones.

El nombre tallado era el mismo. Caspar von Schadow.

-A darle a la pala, chicos. Cuanto antes terminemos, antes iremos a llenar la panza.

Hablar de comida siempre daba resultado. Pronto la tumba estaba de nuevo tan abierta como el día del entierro. Faruk bajó al fondo del agujero palanca en mano. De un par de golpes y un estirón que sólo los años de práctica podían enseñar, retiró la tapa del ataúd, que se conservaba sin signos de podredumbre o carcoma.

Del cuerpo sólo quedaban los huesos, y de tan antiguo que era ni siquiera olía a podrido. La mortaja apenas se distinguía casi convertida en polvo. Lo único que le llamó la atención a Faruk fue lo que el muerto tenía entre las manos: dos pinceles. Pero Herr Maier había sido concreto en cuanto su petición, quería dos cosas: La calavera del muerto y la tapa del ataúd. Nada más. Así que Faruk agarró el cráneo pelado y sonriente de Caspar Schadow y lo metió en un saco que llevaba atado al cinto. Salió de la tumba y, con la ayuda de los dos muchachos, subió la pesada tapa de madera. Luego no hubo más que rellenar la tumba de nuevo. No se preocupó mucho en dejarlo todo como estaba, después de todo, nadie visitaba esas tumbas. A menos que fuera con el mismo propósito que le había movido a hacerlo aquella noche.

Los dos muchachos levantaron la tapa y caminaron hacia la salida. La verdad es que era la primera vez que alguien le pedía al Turco algo así, aunque en ocasiones sí que había recogido la tierra bajo un ahorcado por orden de ciertas mujeres. Los infieles de Viena tenían extrañas costumbres.

Una vez la tapa estuvo en el carro, la lona cubrió herramientas y mercancía, y los muchachos subieron a la parte de atrás, Faruk puso rumbo a la mansión de Herr Maier. Confió en que el frío y la niebla estuvieran de su parte, alejando a alguaciles y curiosos de su camino. El anciano vivía en una zona donde los turcos como él no eran bienvenidos, así que se caló bien el sombrero y subió la bufanda hasta cubrirse los morros. El viejo caballo se arrastró sobre los adoquines mojados sin demasiadas ganas.

La puerta trasera de la mansión, la que daba a las cocheras, estaba abierta. Faruk entró el carro y esperó. Las luces de la casa estaban encendidas esperando su llegada. Mientras los dos chicos descargaban la tapa, Faruk se encendió un cigarro negro. Antes de que pudiera darle dos caladas Herr Maier y su ayudante, un alemán con la cara picada de viruelas, bracicorto y de pocas luces, se acercaron para contemplar su pedido.

-Veo que todo ha salido como esperábamos -dijo el anciano. Pese a la edad seguía siendo un hombre grande, más que Faruk, de unos ojos tan grises que asustaban por su frialdad.

-Siempre lo mejor, para mi mejor cliente. Aquí tenéis lo que pedisteis, mein Herr.

Faruk sacó de entre los pliegues del saco la calavera en cuestión y se la entregó al anciano. Éste la cogió con extremo cuidado y acarició el hueso con cierto cariño.

-Entre todos los que la visteis, tu siempre has sido mi favorito -dijo Maier, de forma enigmática-, es una lástima que ni muerto puedas escapar a tu destino.

El ayudante del anciano guió a los muchachos, cargados con la tapa del ataúd, hasta el interior de la casa. Herr Maier extendió una mano llena de billetes hacia Faruk pero, justo antes de que el turco cobrase su recompensa, levantó el brazo poniendo el dinero fuera de su alcance.

-Aquí hay doscientos marcos, Faruk. Más que suficiente por el trabajo de esta noche. Pero hay algo más para ti, si es que lo quieres. Diez veces esa cantidad.

Eso era mucho dinero. Demasiado para un asunto de cementerios. Faruk lo sabía. Dos mil marcos era incluso más de lo que se pagaba por una puñalada a traición o un viaje sin retorno hasta el fondo cenagoso del Danubio. El viejo Herr Maier tenía un nuevo secreto.

Faruk asintió. El anciano bajó la mano y le entregó su bien merecido dinero. Luego, entre niebla y penumbras, el turco palideció al escuchar las palabras de Herr Maier, dos mil marcos no iban a ser suficientes para limpiar sus pecados. Pero al menos le comprarían una esposa nueva.

****

Las manos del anciano no eran tan precisas como antaño, sus ojos apenas le llevaban de una veta de la madera a otra; el pulso podía traicionarle en cualquier momento y echar a perder el trabajo que le había encargado la Orden de Thule.

Dieter, su ayudante, había serrado con limpieza la tapa del ataúd, separado los tablones que necesitaba para el armazón y limado los clavos para quitarles el óxido de un centenar de años. Nada más tocar la madera, Maier lo había notado, podía sentir el calor, la sutil magia que había quedado atrapada día a día en aquel ataúd, última morada oscura de un pintor luminoso. Quizás por eso le gustaba más que otros románticos, Schadow siempre buscaba un contrapunto, una luz diáfana que asomaba entre las nubes. Tenía la mirada. Por eso acudieron a él.

Contempló la calavera que tenía sobre la mesa. Las cosas que habían visto aquellos ojos ni tan siquiera podía imaginarlas, pese a recordar trazo a trazo sus mejores pinturas. Incluso aquellas en las que había recreado las ruinas del castillo de Welwelsburg, destruidas por orden directa del Kaiser antes de la guerra.

Construyó el armazón de madera necesario, una caja rectangular de apenas cuarenta centímetro a lo largo y veinte de alto. Era el corazón alrededor del cuál haría falta pulir, cubrir y añadir material hasta realizar el encargo que le había hecho Dieckmann en persona antes de volver a Berlin. Una cámara de cine.

Talló la madera con exquisito cuidado. Sabía qué palabras necesitaban, qué nombres inscribir en la caja. Iban a necesitar a todos aquellos que habían visto a la Señora. Dieter fundió los clavos una vez limpios de óxido. Con ellos Maier esculpió los herrajes necesarios para la cámara, tanto los engranajes para el paso del film como los cierres delanteros y las hormas para las lentes.

Acopló la manivela que ponía en marcha el mecanismo de la cámara y probó que el sistema funcionara. Con cada paso de vuelta podía escuchar lamentos y quejidos, voces de condenados, súplicas, maldiciones. La esencia estaba allí. Esperando como lo había hecho durante tanto tiempo.

Le preocupaba que consiguieran el material necesario para el film. Murnau había decidido encargarse personalmente de su preparación y Maier dudaba de su capacidad. El secreto que había rodeado a la composición exacta de las pinturas y la elaboración de lienzos para captar la Imagen de la Señora se había perdido. Según Dieckmann, Murnau había oído rumores provenientes de París, historias sobre fotógrafos que habían conseguido fijar el momento en sus cámaras. Hacerlo en movimiento sería otra cuestión, de ahí que necesitaran desesperadamente aquella cámara.

Cubrió la madera con cuero obtenido gracias a un antiguo encargo de Faruk. Preparó los herrajes y el trípode. Dentro de la caja no había luz, incluso dejándola abierta la oscuridad se adueñaba de aquel instrumento, dificultando cualquier posible rodaje. Era necesaria la luz, y no una cualquiera.

A los dos meses de comenzar su trabajo, Maier salió de su mansión, la cual rara vez dejaba, para acudir al barrio de los artesanos, donde le esperaba el mejor vidriero de Viena, al que hacía más de un año había encargado la más delicada de las partes de su trabajo: las lentes de la cámara.

Ben Simón recibió a Maier en su casa, no en la tienda, llena de espejos, lupas de aumento, bisutería y vidrieras tintadas. Hasta cierto punto, eran colegas. Respetaban el trabajo del otro, cada uno en su propio campo de la Gran Obra. El artesano sirvió té amargo para él y para Maier.

-Sin duda, el encargo que me hizo, Herr Maier, ha supuesto todo un desafío. Sus instrucciones en cuanto a diámetro, grosor, ángulo y pureza se han seguido con absoluta precisión. Espero que esté contento del resultado.

Ben Simón abrió una pequeña caja de metal. Dentro, sobre un lecho de paños de algodón, descansaban las dos lentes. Al recibir la luz del día brillaron con vida propia, reflejando un sinfín de colores irisados y cambiantes. Maier no tocó los cristales por miedo a que una simple huella desvirtuara aquella perfección. Antes del último proceso todo tenía que estar en condiciones perfectas.

El anciano cerró la caja metálica y se la pasó a su ayudante. Miró a Ben Simón. Sabía que esperaba su pago con ansiedad. Después de todo, y en cierta manera, le pertenecía más a él que a sí mismo. Sacó de un bolsillo un fragmento de pergamino y lo dejó junto a la taza de té. Sólo había escrita una palabra, pero era el cómo se había escrito lo que hacía de aquel fragmento algo tan valioso.

-Vida -dijo Maier, esbozando una media sonrisa-, no hay mejor regalo. Espero que le de usted mejor uso que su colega de Praga.

El artesano recogió el papel con devoción. Cómo había llegado a manos de Maier era lo de menos. Ahora la palabra era suya. Todo el trabajo del último año había valido la pena.

En la mansión, Maier comprobó que la lentes cumplieran los excepcionales requisitos que había exigido de Ben Simón. En otro tiempo las habría tallado él mismo, pero en su estado apenas podía trabajar con materiales como madera o piedra. Y las lentes tenían que ajustarse al milímetro. Encendió una vela y, sujetando la lente con uno de los paños de algodón, acercó el cristal a la llama. La habitación se iluminó de una tonalidad amarillenta y cambiante hasta el último rincón. Al retirar el cristal, todo volvió a su habitual penumbra.

La sonrisa acudió a su rostro mientras guardaba la lente. Era lo que necesitaba para que la luz llegar dentro de la cámara. Pero de todas formas, nada de todo lo que había hecho tendría sentido sin el último ritual. Las lentes dejaban pasar la luz, sí, pero nada más. Y lo que tenían que captar iba más allá de la imagen, era la misma esencia de la Señora la que tendrían que ser capaces de atrapar fugazmente. Y para eso hacía falta algo más, una cierta simpatía entre materia y espíritu.

Apenas faltaban dos noches para la última luna llena del año. Las instrucciones que le había dado a Faruk eran casi tan precisas como las que había escrito para construir las lentes. A su forma deforme y cruel, el turco era también un artesano. Y no podía pedir a nadie mejor para honrar a la Señora.

***

La primera mujer fue fácil de encontrar. Según Herr Maier tenía que ser gorda, de caderas anchas y pechos que rebosaran. Así que Faruk visitó un burdel barato tras otro hasta que encontró a una que se adaptara a esa descripción. Le dio de beber un par de noches para ganarse su confianza y luego, tras pagarle un servicio nocturno, ella aceptó acompañarlo a su casa. Se creía con suerte, la muy idiota. Cuando la metió en el viejo almacén donde guardaba su mercancía lo único que buscó fue un lugar donde apoyarse para abrir las piernas.

Con una daga plateada y finísima que el anciano le había entregado, le rebanó el cuello. Estaba tan borracha que ni llegó a chillar. Se desangró con rapidez y luego, una vez bien muerta, mandó a uno de sus chicos a casa del anciano.

Dieter llegó casi de madrugada. Dejó sus ropas plegadas en un pulcro montón, quedándose sólo con un maletín de cuero de aspecto envejecido. Por muy ayudante que fuera de Herr Maier, no se fiaba de él. Apenas hablaba y su mirada parecía velada por una capa lechosa. Sacó del maletín un instrumento afilado, como una navaja fina y sin mango, y dos tarros grandes de cristal.

Vació a la gorda poco a poco y se llevó su grasa en los frascos, dejando menos que un cadáver, si acaso un amasijo de vísceras, huesos y tendones, esparcidos sobre el suelo. Pese a todo, no era lo peor que Faruk había visto. Y, además, toda carne se podía utilizar.

La lista de Herr Maier no terminaba ahí. Durante la semana siguiente, Faruk buscó una joven como la que tenía marcada en sus notas. Una que pudiera ver más allá, que escuchara voces, fuera adivina o echadora de cartas. Afortunadamente para él, los zíngaros iban y venían de Viena sin descanso y sus mujeres, a parte de deslenguadas y fogosas, tenían a bien mostrar la mayoría de esos dones. Para su desgracia, los zíngaros era hombres celosos que vigilaban más que bien a sus esposas.

El turco era hombre de recursos. Una vez supo del paradero de una zíngara echadora de cartas, cuyo poder había sido demostrado en más de una ocasión, decidió reunir una cuadrilla de hombres sin escrúpulo alguno para que le ayudaran.

Le costó quinientos marcos, pero cuando abandonaron el campamento zíngaro, que se consumió en llamas tan altas como las del infierno, una joven de ojos verdes, atada y amordazada, se debatía indefensa en la parte trasera de su carro. Cuatro zíngaros de su familia murieron defendiéndola.

No la violaron, Faruk se encargó de eso a base de patadas e insultos, puesto que sabía el gusto por los objetos en buen estado de Herr Maier. Dieter, de nuevo, vino para hacerse cargo de la parte técnica. En esa ocasión tan sólo utilizó unas pinzas metálicas, más largas y finas de lo normal. Arrancó los ojos verdes de la joven zíngara y los guardó en un tubo que olía a alcohol.

Nada más irse el ayudante del anciano, Faruk dejó que los hombres la violaran. Pasó la noche y antes de que saliera el sol decidió reunirla con sus hermanos muertos. Le atravesó el corazón con un cuchillo propio. El de Herr Maier sólo debía usarse según sus instrucciones. Abandonó el cadáver cerca del río, consciente de que una zíngara muerta no le importaría a nadie.

El resto de la lista era menos exigente. Mujeres jóvenes, sin importar condición, belleza o virginidad. Y así Faruk, oculto en el invierno nevado y en las nieblas de madrugada, sembró la vieja Viena de un terror desconocido. Los periódicos dieron cuenta de las desapariciones de muchachas, la policía inició sus pesquisas. El monstruo de Viena, decían los titulares. Para Faruk no era más que otro negocio sucio del que encargarse.

Deshacerse de los cuerpos tras las visitas de Dieter, el cual extraía o sangraba a las muchachas según cada una, se hizo más complicado. El destripador, pasaron a llamarle al encontrar más cadáveres, todos horriblemente mutilados de una forma que recordó a los expertos ciertos asesinatos de prostitutas, tristemente famosos.

Corrieron rumores, se recibieron cartas en las redacciones atribuyéndose la autoría de las muertes, la policía detuvo a homosexuales y a pordioseros. Se decretó el toque de queda, pero ya era demasiado tarde. Faruk completó el pedido de Herr Maier siguiendo sus instrucciones: la última joven fue degollada la noche antes de la luna llena. Dieter la colgó boca abajo de una columna, realizó cuatro incisiones en muslos y cuello, introdujo en las heridas unos largos tubos flexibles y esperó a que se desangrara por completo.

El ayudante recogió los viales donde había guardado la esencia de la mujer, todavía caliente. Los dispuso en la parte trasera del carro y volvió a entrar en el almacén de Faruk. El turco sonreía, con los dientes ocultos por un gran mostacho negro y lacio. Sus ojillos brillaron tras las gruesas lentes a la espera de cobrar su recompensa. Dieter tenía instrucciones precisas. Sacó del maletín una pistola, la Luger que conocía tan bien, y disparó sobre el rostro sorprendido del turco, atravesándole el cráneo y esparciendo sus sesos sobre la pared cargada de humedades. Guardó el arma y extrajo un cuchillo ancho y pesado del maletín. Le amputó las manos de dos diestros tajos y también las guardó.

La policía encontró el almacén a la semana siguiente, alertada por los vecinos que se quejaban de un mal olor superior a lo habitual. Los cadáveres descompuestos de tres mujeres acompañaban al del turco Faruk, hinchado por los gases como un globo de feria. Decidieron cerrar el caso del destripador, un buen ciudadano lo había encontrado antes y encargándose de administrar justicia.

Nadie se preguntó porqué le habían cortado las manos.

****

Con la luna llena llegaron los últimos ajustes para la cámara. Maier introdujo dentro de una pequeña caja metálica los ojos de la vidente, parte del corazón de una niña, los dientes de tres mujeres, y así con pequeños trozos de vísceras arrancados por su ayudante a las víctimas de Faruk. Metió la caja dentro de la cámara y la fijó en un lateral. Luego, con infinito cuidado, acopló la calavera desnuda de Caspar Schadow junto al hueco donde iría el herraje del objetivo.

Tan sólo quedaban las lentes.

Dieter hizo un círculo con sal en el suelo y dentro dispuso las dos manos de Faruk, encendió una cerilla larga y gruesa y la aplicó con paciencia a la carne muerta. Ésta se inflamó con un fuego amarillento y sucio. Era una mano de gloria, un conjuro de protección. La magia que su amo iba a realizar era peligrosa, hasta para un mago de su categoría.

Los cristales llevaban días sumergidos en sangre, una sangre que se había renovado para que siempre fluyera fresca. Maier extrajo las lentes y dejó que el líquido se secara sobre ellas dejando una costra negruzca. Siete vidas estaban ligadas por sangre con las lentes y Maier convocó, murmurando una vieja y oscura letanía, a cada una de ellas, introduciendo sus almas en los cristales perfectamente tallados, arrebatando su posesión a la mismísima Señora. Si la mano de gloria no hubiera humeado con fuerza, la misma muerte habría entrado en el cuarto para llevarse a Maier por tamaña ofensa.

La última alma fue atada. El anciano limpió las lentes con cuidado, aplicó algo de la grasa que Dieter había traído de la primera mujer y enganchó los cristales al cuerpo metálico del objetivo. Lo ajustó al herraje de la cámara y se retiró unos pasos.

Había terminado la que posiblemente sería su última obra, sin duda, la más grande de todas.

Dieckmann llegó a Viena apenas una semana después. Se mostró contento, la producción de Nosferatu iba tal y como esperaban. Habían localizado un doble perfecto para las escenas normales, un tal Max Schreck. Con el maquillaje adecuado nadie notaría la diferencia. Por otro lado, Murnau había vuelto de París con la amalgama perfecta para la fabricación del film. Si la cámara que Maier había construido cumplía lo prometido, pronto podrían comenzar el rodaje.

Al verla lanzó un silbido de admiración.

-Herr Maier, se ha superado -Dieckmann alargó el brazo y rozó, con la punta de los dedos, el fino acabado en cuero de la máquina-. ¿Tuvo algún problema con las lentes?

-Ninguno. La talla resultó perfecta, como si yo mismo la hubiese realizado. La cámara está preparada para rodar, pero no debe usarse a la ligera. Es un artefacto como no ha existido otro en la historia.

Dieckmann asintió. Trató de levantarla y apenas pudo alzarla unos centímetros. Era mucho más pesada de lo que parecía a simple vista. Una vez cargada con el rollo de película, harían falta por lo menos dos operadores para poder moverla. El único detalle que le llamó la atención al observarla más de cerca fue que el visor estaba sobre la cámara.

-Créame Dickmann, lo que esas lentes pueden captar no debería ser visto por el ojo humano. A menos que quiera crear un monstruo que comparta su visión. Aquellos tocados por la Señora siempre han sufrido un destino terrible.

-Entiendo. Murnau se quejará por el enfoque pero le haré comprender lo peligroso que sería exponerse directamente a la visión. ¿Cree usted que en la proyección se correrá algún tipo de peligro? Es algo que nunca nos habíamos planteado.

El anciano negó con la cabeza.

-No más que en cuadros, esculturas o fotografías. Aquellos de voluntad débil o mente inestable podrían sufrir desmayos, quizás pesadillas o perdidas de memoria. Nada de lo que la Orden deba preocuparse.

El anciano acarició también la cámara. Pronto serviría para lo que fue creada. Entregó a Dieckmann un tarro de grasa humana para que lubricaran con ella el mecanismo antes y después de cada uso. Dieter embaló la cámara en una caja de madera llena de paja y algodón.

Cuando el productor alemán se llevó la cámara, Maier sintió como si parte de sí mismo abandonara la casa, restándole tiempo a los pocos años que le quedaban de vida. Había puesto todo su empeño y conocimiento en aquel artefacto, pero a él pocos le recordarían tras su muerte, como a Schadow, olvidado, como a tantos otros. Murnau recibiría la gloria, estaba seguro de ello.

La noche siguiente no nevó en Viena. Maier dormía plácidamente mientras Dieter limpiaba los últimos restos del ritual. Limpió las cenizas de la mano de gloria y las lanzó al viento. Cerró todas las puertas y apagó las luces.

Al día siguiente fue a despertar a su amo. Abrió la puerta del cuarto y una bocanada de aire pestilente le asaltó de improviso. Toda la habitación estaba cubierta de insectos, tábanos, gusanos y escarabajos. Sobre la cama estaba Herr Maier, abierto en canal como un cerdo en el matadero, con la carne alrededor de la herida putrefacta y descompuesta.

Pero en su rostro, pese a todo, se dibujaba una sonrisa amplia y satisfecha construida a cortes de dolor y ensueño.

El teatro secreto – Víctor Conde

Acabo de terminar El teatro secreto, la última novela de Víctor Conde y editada por Parnaso/Vórtice, que compré en la Asturcon. No suelo hablar mucho de libros nacionales, pero como es veranito y nadie nos escucha, vamos a comentar un par de cosillas, sobre todo, que nadie piense mal, porque el libro me ha gustado bastante.

El teatro secreto es un libro de fantasía onírica, según Conde, y tiene razón. Aunque bordea lo oscuro y lo terrorífico, esto siempre se nos plantea desde una perspectiva maravillosa, a lo que ayuda el cuidad estilo que aplica en todo momento. Por un lado es bueno, si es que entras al juego que te plantea, pero por otro quizás quede falto de puro terror. (Eso, como todo aquí, es una percepción puramente personal: me encanta el horror salvaje, así que por pedir que no quede).

El libro es divertido, rápido, ágil, de personajes con los que es fácil encariñarse. La trama es original y presenta un mundo extenso y curioso, hijo de un Londres monstruoso y encantador. Mucha gente me ha señalado que es muy Gaiman… es difícil no entrar a escribir en un Londres dentro del espejo y no parecerse a Neverwhere, pero creo que no es el caso. En realidad, el referente más claro para esta novela de Conde sería Sortilegio, de Clive Barker, que trata temas parecidos aunque Clive resulta mucho más siniestro. (Barker siempre es más siniestro que cualquiera, la verdad)

Uno de los grandes divertimentos en este libro es el de las localizaciones en las que se desarrolla la acción, lugares imposibles que son reales en en Londres actual. Y lo sé porque he estado al menos en dos, el parque lleno de niños repleto de lápidas y en el puente de Jack. Aunque en Londres es fácil girar una esquina y encontrar todo un submundo truculento.

En resumen, libro altamente recomendable, de edición inmaculada, con multitud de puntos minifrikis (o guiños al lector de género, como prefieran) y cuyo único fallo es el de dejar al lector con ganas de más desarrollo, más aventuras, más mundo. Se hace verdaderamente corto y es una lástima que el juego termine cuando se empieza a comprender ese intrincado mundo creado como una pieza de relojería.

Así que la recomendación es: ¡Comprad malditos, comprad!

Semana Negra – Asturcon

Otro año más que pasamos por la Semana Negra-Asturcon, otro año para disfrutar de libros, churros, sidrinas -o como sea llamada en cada valle-, fabada, aflingen, charlas, tertulias, confesiones, cansancio, arena y bailes. Como siempre, he vuelto con ganas de más -sobre todo de alguna comida en la Iglesiona-, con ansia por retomar proyectos y cuentos. ¿Cuánto me va a durar la sinergia? No lo sé. Espero que dure, por lo menos, hasta final de Septiembre, cuando más, hasta el año que viene.

Pd. Un abrazo a todos aquellos de quien no pudiera despedirme en persona. A veces no queda tiempo para nadie, incluso para uno mismo.

Pdd. Tengo el Ipod más friki del mundo. Chinchad y rabiad.

Noticias monstruosas… biiip… biiiiiiiip

Hola a todos, amigos de los monstruos. Siento la ausencia blogueril, pero la conexión GPRS que consigo entre semana me da para pocas alegrías. Comento las últimas noticias:

-Apareceré en el Fabricantes de Sueños 2008 con el relato La apertura Slagar… y de la mano de Santi Eximeno, my partner in crime favorito. Gracias a los seleccionadores y sobre todo a Santi que rescató al cuento del olvido.

-No sé si ya hay noticias oficiales -o si ya os lo había dicho-, pero también estaré en el Fabricantes 2007 con el relato de La balada del hombre anuncio, narración alucinógena que gusta y disgusta a partes iguales.

-Veo que Víctor me otorga el premio Brillante weblog y que se lo tengo que dar a otros siete blogs y blahblahblah. Como las cosas víricas no me van, hago mía la canción de DefCon2 y que muera conmigo ésta dinastía.

-El trabajo nuevo me seca más el cerebro de lo que esperaba, pero tengo la esperanza que la Asturcon sirva de antídoto para los turistas chancleteros que me acechan siniestramente día tras día.

Seguiremos en la oscuridad, confabulando. Para microinformaciones, tune to the Tumblr monstruoso.

El rayo verde en el ocaso

El Domingo 11 de Mayo, en la FNAC Valencia, a las 19:30 y el Lunes 12, en la Casa del Libro, también a las 19:30, se presentará el primer libro de Sergio Mars, El rayo verde en el ocaso, (AJEC) del que he sido afortunado lector y prologuista.

Cortipego parte del prólogo, para ir abriendo boca.

Uno de los rumores más recurrentes dentro de la literatura fantástica en los últimos diez años habla de la muerte de la ciencia-ficción, de su falta de ideas y la progresiva desaparición de sus lectores. Por lo visto la actual sociedad, fuente continua de progreso, tecnología e información, resta interés a la literatura de anticipación científica. La consigna parece ser que el futuro ya está aquí y que, por lo tanto, no merece la pena preocuparse en la especulación; todo está anticipado, y si no, pronto será real.
Dejando a un lado lo etnocentrista de esa propuesta, que excluye a la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, nos encontramos con un mundo literario deudor en exceso de la tecnificación sufrida a finales de los años ochenta y noventa, el cyberpunk y una imaginería cinematográfica de lo más pirotécnica y vacua.

Sin embargo, el hecho científico no es el principal protagonista, es una herramienta al servicio de la historia, a veces una excusa para el relato, otras un gran escenario donde situar a los personajes. Una buena narración no se deja arrastrar por elementos innecesarios, sean comentarios científicos o descripciones repetitivas y absurdas.
Así, la ciencia-ficción Hard puede despertar en el lector ese sentido de la maravilla que tanto se cita para destacar ciertas obras de la literatura fantástica pues, ¿qué hay más asombroso que lo que la propia ciencia nos puede mostrar? El universo es el campo de juegos de los escritores Hard, un universo desconocido, infinito y lleno de ideas.

“El rayo verde en el ocaso” es un buen ejemplo de literatura que aúna ciencia y maravilla, ideas y personajes, cuidando al extremo tanto el estilo como la rigurosidad científica, sin caer en argumentos crípticos o excesivamente pedagógicos, despertando la fascinación y la curiosidad por el mundo en el que vivimos y del que tanto desconocemos.
Sergio Mars, como biólogo especializado en genética, vive la ciencia, y en cada uno de los cuentos encontramos pasión por el conocimiento de lo que nos convierte en especie, nuestro pasado y futuro, nuestra evolución tanto física como sicológica o técnica. Transmite esa emoción con pulcritud literaria, consiguiendo que la ciencia, protagonista indiscutible, pase a un segundo plano, completamente integrada en relatos que van más allá de la pura especulación teórica, historias sobre la misma esencia del ser humano, su misterio y su impredecible futuro.

Spam of the Art

Encontrado en el correo… una obra de arte.

Soy la hermana de Anabel Isaac Bahrein. Estoy casada con el doctor Isaac Michael quien trabajó con Bahrein embajada en Costa de Marfil durante nueve años antes de morir en el año 2000.We se casaron durante once años sin un niño. Murió después de una breve enfermedad que duró sólo cuatro días. Antes de su muerte que fueron los cristianos nacidos de nuevo. Desde su muerte, he decidido no volver a casarse o tener un hijo fuera de mi domicilio conyugal que la Biblia es against.When mi difunto marido estaba vivo hedeposited la suma de (7.5Million de dólares de los EE.UU.) con una de las empresa de seguridad aquí en Cote D Ivorie.Presently, este dinero todavía está con la empresa de seguridad. Recientemente, mi médico me dijo que yo no durará para los próximos tres meses debido al cáncer problem.Though lo que más me molesta es mi accidente cerebrovascular Habiendo conocido mi condición decidí donar este fondo a la iglesia o mejor aún un cristiano individual tendrá que utilizar este dinero la manera de que me voy a encargar aquí pulg
Yo quiero una iglesia que va a utilizar este fondo para las iglesias, orfanatos y las viudas propagar la palabra de Dios y para asegurarse de que la casa de Dios se mantiene. La Biblia nos hizo entender que el Beato es la mano que da. Tomé esta decisión porque no tengo cualquier niño que heredará este dinero y mi marido familiares no son cristianos y no quiero que mi marido dinero ganado duro para ser utilizadas por los incrédulos. No quiero una situación en la que este dinero se utilizará en un impíos. De ahí la razón para tomar esta audaz decisión. No tengo miedo de la muerte, por lo tanto, sé donde voy. Sé que voy a estar en la bossom del Señor. Éxodo 14 vs 14 dice que el señor luchará mi caso y voy a mantener mi paz.
No necesito ninguna comunicación telefónica en este sentido porque de mi healthbecause de la presencia de mi marido familiares a mi alrededor siempre. No quiero que sepan acerca de este desarrollo. Con Dios todo es posible. Tan pronto como recibamos su respuesta me dará usted el contacto de la empresa de seguridad de marfil coast.I también emitirá una carta de la autoridad que le ayuden que el original de beneficiarios de este fondo. Quiero que usted y la iglesia a orar siempre para mí porque el Señor es mi Shephard. Mi felicidad es que viví una vida digna de un Christian.Who cada vez que quiere servir al Señor le debe servir en su espíritu y siempre se truth.Please orante todos a través de su vida. cualquier retraso en su respuesta me dará habitación en la búsqueda de una iglesia cristiana o individuales para este mismo purpose.Please asegurarle que usted me va a actuar en consecuencia, como he dicho aquí.
Esperando noticias suyas.
Siguen siendo bendecido en el nombre del Señor.
Atentamente en Cristo.
Hermana Anabel Isaac

Bajo un cielo de estrellas (II) Leyendo novela negra

Gracias a un saldo encontrado en la París Valencia hemos saqueado una pequeña colección de bolsillo dedicada al Comisario Maigret, personaje antológico donde los haya creado por Georges Simenon. Decir que ha sido superventas es quedarse corto. Como cortos son los libros, más cuentos largos editados en ese formato que otra cosa. Bolsilibros, vaya. Pero funcionan, y de qué forma. Simenon tiene un estilo directo. Tan directo que a veces parece más una narración oral que escrita, siempre con la figura de Maigret como eje, como referente físico y moral. Su alter ego en el mundo oscuro y lleno de traiciones de la novela negra es fuerte, de clase baja, serio, callado y empedernido fumador de pipa, la cual ni se saca de la boca para hablar. Un tipo simpático, vaya. Por ahora llevo un par de novelas leídas, ya había leído algo de Simenon antes, me parece que de una época más tardía, con un Comisario en cierta decadencia, y la verdad es que entretienen un montón, además de enseñarte cómo contar una historia en sencillos pasos. A veces lo sencillo se aleja mucho de lo fácil, cosa que muchos parecen no comprender últimamente. La verdad es que escribir novela negra es uno de mis objetivos no cumplidos. Tengo una historia ahí, pendiente de ser escrita. Un relato más cercano al polar que al estilo negro macarra que, sin embargo, disfruto leyendo como el primer día. Pero me parece que ese estilo se aleja mucho de lo que puedo contar con claridad -aunque en mi barrio el otro día un puñado de yonkis quemara cuatro casas en estado de ruina antes de ocupar otras tantas- y me apetece más contar los asesinatos que pueda cometer un ama de casa cualquiera. El mal y el desequilibrio ético y sicológico de tu vecina del quinto, la que te deja sal y tiene la entrada llena de gatitos de porcelana me parece aterrador. Sobre todo si cuando mata, lo hace con toda la razón del mundo. Lo que me estoy planteando es si Maigret la detendría. Creo que no. Aprovecharía para probar un allipebre como toca.

Poesía

Adoquinado, bastardo, tuercebotas,
camino en espirales, medina muerta,
catedrales cerradas de japoneses
y palomas gordas que hacen sendero
a los altares secretos, lunas, vericuetos
madrugadas o sueños, monjas calladas
y difuntas.
Adoquinado, bastardo, tuercebotas,
laberinto de mi alma, anochecer lento.

Bajo un techo de estrellas (I)

Zafón saca nuevo libro. ¿Qué cómo lo sé? Pues a decir verdad no he visto un solo anuncio en televisión, ni una cuña en la radio, ni un banner en la web; ni siquiera gracias al periódico, nada de nada. Nothing. Rien.
Eso, claro, no quiere decir que no se hayan emitido o publicado, simplemente señala que yo, personalmente, no soy el target principal de ese libro y los publicistas lo saben bien. En realidad hace meses que ya sabía cuándo iba a salir el libro, sobre todo gracias a la noticia de la extensa tirada, casi un millón de ejemplares, que iba poner la editorial en escaparates, lineales y debajo de cada piedra, nenúfar o rana encantada.
Pero la primera noticia física, la de ya está en la calle desde hoy, la noté ayer en el autobús mientras un escalofrío me recorría la espalda. Diez mujeres de entrada la cincuentena sentadas en comando en la parte trasera del autobús agitaban orgullosas sus bolsas del Corte In****, dentro de las cuales guardaban sus flamantes ejemplares zafonitas.
Con esto no quiero decir que Zafón escriba para mujeres cincuentonas, San Best Seller me libre, pero sí que me llamó la atención. Lo del escalofrío es algo totalmente irracional, lo reconozco, poco tiene que ver con el libro de Zafón y más con ver a diez señoras cincuentonas sueltas en el autobús a mi alrededor.
A diferencia de otros, cuando viajo lo hago escuchando música, así que me privo voluntariamente de ese filón para los escritores que son las conversaciones en el transporte público. A mí, personalmente, me gusta más observar, será porque tengo alma de voayeur, o tal vez sea que me molesta tanto chillido y tanta conversación de móvil. Leo que en Londres van a prohibir el móvil en el metro. Vaya, justo cuando lo van a dejar en el avión. ¿Alguien más ve en esto un extraño círculo vicioso?
Zafón. Hablaba de su último libro. Como el anterior, y creo que todos los juveniles, es un libro de literatura fantástica. Con todas las letras vaya, que se sepa. El libro de más tirada en Españñña es de temática fantástica. Como lo que escribe Somoza o Pío Moa, vamos. Como lo que tratamos de escribir un puñado de chalados. Como el Último Catón, que a tanta gente gusta y sonríe al decirte que es novela histórica.
Resulta extraño, entonces, que cuando hablas de lo que escribes te miren raro. Da la impresión que el prejuicio está ahí, latente, más por desconocimiento, o miedo a reconocer que en realidad lo que les gusta leer es fantástico, o maravilloso, o realismo mágico, o literatura conjetural; ya lo decía con acierto el Bardo Dantés: Tiene nombres mil, tiene nombres mil, el miembro viril…
No es una queja, es una nota. Que nadie llame a la Buahmbulancia todavía. Yo lo tengo muy claro. Cuando mi tía la del pueblo, que arrastra más de ochenta años a la espalda y sigue leyendo lo que pilla, me vuelva a preguntar por enésima vez qué es lo que escribo, le diré, alzando un poco la voz para sortear su sordera:

-Tía, como Zafón. Escribo lo que Zafón. Pero con sangre y más tetas.