Bajo la ciudad, catacumbas

Marie sostuvo la tapa de alcantarilla, de las viejas, llena de óxido y con el dibujo borrado, mientras Jean, con su traje de neopreno oculto bajo un mono vaquero, comprobaba que la escalerilla de servicio estuviera en buenas condiciones. No era la primera vez que alguno del grupo elegía esa entrada, pero en ese tipo de construcciones, con más de cien años de antigüedad, había que tomar el máximo de precauciones.

—Todo correcto —dijo Jean, tras hacer presión sobre las primeras barras metálicas incrustadas en el cuello de la alcantarilla—, resistirán sin problemas.

Las luces doradas del alumbrado urbano apenas llegaban para distinguir nada en la oscuridad. El barrio, si es que podía llamarse así, hacía tiempo que estaba olvidado de la mano de Dios. Edificios de corte chabolista habían sustituido a otros más antiguos utilizando parte de viejas fachadas en el proceso, fagocitándolas como una bacteria a otra. Marie encendió el foco de su casco, lo mismo que Jean, convirtiéndose, por un momento, en mineros preparados a la búsqueda de tesoros enterrados, ahuyentando, tras sus luces blancas, la desagradable realidad de la superficie.

Los primeros tramos de toda exploración resultaban monótonos y aburridos. Lo que atraía a Marie a la catafilía, a explorar los intestinos ocultos de las ciudades antiguas, era la sensación de compartir, por un momento, el secreto y el misterio, aquello por lo que, en otros tiempos, alguien había construido pasadizos y bóvedas, todas ellas ocultas y a la vez tan cercanas al resto de ciudadanos, ignorantes de aquello escondido bajo sus pies. Así que los tramos de alcantarillas, todos ellos perfectamente dispuestos en los planos municipales, construidos con una lógica burócrata y rectilínea, no hacían más que aumentar la ansiedad por llegar al verdadero recorrido, a la entrada secreta, al lugar donde los monstruos urbanos escondían sus leyendas.

Caminaron junto al riachuelo lleno de basura que desaguaba aquella zona, no hablaron mucho, si acaso para comprobar el equipo o los transmisores. Una hora más tarde, hartos ya del mismo paisaje de ladrillos ahumados, llegaron a la entrada. Otro grupo de catáfilos la había descubierto en 1977 gracias a un derrumbe fortuito. Era un agujero, lleno de escombros y aparentemente cegado, de medio metro de diámetro. En realidad no había más que cuatro piedras y algo de arena, lo suficiente para que nadie, si es que alguien se aventuraba allí abajo, le dirigiera un segundo vistazo. Apenas tardaron en liberar el agujero.

El túnel al que accedieron brillaba con un tono dorado debido a las arcillas con las que estaba cubierto. No era muy alto y serpenteaba a izquierda y derecha, creando revueltas y penumbras.

—¿Cuál será la primera sala? —preguntó Marie.

Jean rebuscó en el mono y extrajo el mapa que les habían dejado. En realidad no era más que un bosquejo, cuatro líneas mal escritas con flechas a izquierda y derecha, en cuanto encontraran una sala interesante ellos mismos completarían el mapa para el siguiente grupo.

—La sala del Chartreuse —dijo Jean, volviendo a guardar el mapa—, yo ya he estado allí, pero llegando desde el norte. Apenas pudimos seguir más allá, así que tenemos mucho por explorar.

Siguieron el túnel diez minutos más antes de que, tras otro agujero, excavado ahora en piedra gris, llegaran a una sala más grande. Las paredes y el techo estaban desbastados sin mucho arte, lo suficiente para que cobraran forma, pero lo que daba fama y nombre, a aquel rincón, era un recipiente de piedra maciza, grande como la pila bautismal de una catedral, llena de agua, un agua que reflejaba la luz de los focos en tonos de esmeralda, verdes y amarillentos, como el color del licor del que tomaba nombre.

—¿Alguien te ha explicado para qué utilizaban esta pila? —preguntó Marie, acariciando la piedra, sintiendo el frío que desprendía.

—No está muy claro. Dicen que servía como aprovisionamiento de agua para los ladrones que se escondían en los túneles, o para los trabajadores de las galerías talladas más al norte. Incluso se comenta que podría ser una pila satánica o algo así.

Marie sonrió burlona. Las leyendas sobre los túneles y las sectas eran famosas, sobre todo para ahuyentar a los fanáticos como ellos de los túneles inseguros. Aunque, de vez en cuando, encontraban restos de velas o grafitis, nunca, ningún grupo, se había topado con adoradores del diablo. Con parejas en busca de intimidad, sí, y eso, en ocasiones, podía resultar tan peligroso como la peor de las sectas.

Hicieron fotos de la pila y de las entradas y salidas, tenían previsto hacer un tour virtual y luego subirlo a la página web en la que colaboraban, todo un paraíso para catáfilos de cualquier parte del mundo.

Jean señaló una abertura, esta vez porticada, con un marco tallado en piedra, y marcó su posición en el mapa. Llevaba un GPS, aunque sabía que, en cuanto bajaran unos tres metros más, dejaría de funcionar. Marie confiaba más en una vieja brújula militar comprada de segunda mano, sabía que funcionaría en cualquier parte y no tenía que preocuparse de ella.

El siguiente túnel tenía las paredes pulidas, incluso, en algunos tramos, hasta podía distinguirse un trozo de cenefa o las marcas de puertas jamás construidas, pero planificadas por alguno de los arquitectos del submundo. En teoría toda aquella zona había formado parte de un proyecto religioso, bajo la supervisión de la orden de los cartujos, pero la revolución había dado al traste con la construcción, fuera cual fuera. La siguiente sala llegó antes de lo previsto, quizás el tiempo se hacía más rápido allí abajo, libre de otros seres humanos a los que dedicar su atención.

—Ten cuidado —dijo Jean, unos metros más adelantado que Marie—, parece que hay piedras sueltas. Un derrumbe o algo parecido.

Aquello parecía una gruta, las luces de los dos catáfilos alumbraron una sala de apenas metro ochenta de altura, sostenida por cuatro grandes pedazos de roca que habían dejado sin excavar. El suelo, como había dicho Jean, estaba lleno de piedras sueltas, incluso algún ladrillo cocido, pero, y esa era la principal preocupación, el techo parecía intacto. Si era algún derrumbe, tenía que venir de una pared.

Registraron la sala en busca del origen de aquellos escombros, si la siguiente salida estaba cegada, tendrían que volver atrás para encontrar otra ruta.

La mayor parte de la pared sur parecía frágil. Ladrillos y rocas a punto de desmoronarse, rodeando una forma rectangular, de tamaño parecido a las puertas que habían visto en el túnel anterior.

—Fíjate —dijo Marie, tocando la pared—, parece que está a punto de caer todo este trozo.

Jean se acercó y, sin mucho esfuerzo, arrancó parte de los ladrillos, que parecían embarrados, para dejar al descubierto un trozo de pared pulida.

—Parece que hay alguna corriente subterránea de agua —dijo Jean, palpando el barro que había descubierto—. Le habrá costado bastante romper la pared a base de humedad.

Marie quitó un par de ladrillos más.

—¿Y si ha roto algo más? —dijo, sonriendo de anticipación.

Toda la parte inferior de lo que debía ser una puerta cayó con los últimos ladrillos. No había más que un palmo de altura, pero los dos notaron una pequeña corriente de aire que salía de allí, aire fresco, no viciado. Eso sólo quería decir que habían encontrado la entrada a un túnel nuevo, o una salida desconocida a un túnel registrado. Con un par de golpes más lograron ensanchar el agujero.

—¿Quieres ir delante? —ofreció Jean.

Marie lo pensó unos segundos.

—Mejor vas tú, por si nos espera el escondite del hombre verde, o del ladrón sin cabeza.

—Qué graciosa —bromeó Jean, mientras desaparecía al otro lado, arrastrándose por el barro.

—¿Qué hay ahí? —dijo Marie, impaciente—. ¿Otra sala?

Jean tardó un poco en responder.

—No te lo vas a creer. Ven, tienes que verlo tú misma.

Marie se arrodilló junto a la puerta y se deslizó lo mejor que pudo bajo la piedra. Al otro lado la linterna iluminó unas pequeñas puertas de madera abiertas y unas tuberías metálicas. El suelo era de azulejos y estaba encharcado. Jean se agachó para ayudarle a salir. Tenía razón, no se lo podía creer.

Acababa de salir de debajo de un fregadero. Estaban en una cocina.

—¿Una cocina? —susurró Marie—. ¿Nos hemos metido en el sótano de alguien?

Jean estaba perplejo, no paraba de iluminar la habitación, revelando alacenas, armarios, pilas y hasta una nevera.

—No lo entiendo —dijo al final—, hace un buen rato que mi GPS no marca nada, y no hemos parado de bajar desde que entramos en los túneles. Debemos estar a unos nueve o diez metros bajo la calle.

—¿Y entonces esto qué coño es?

—No tengo ni idea. No había oído hablar de nada parecido.

Marie señaló la pared del fondo.

—Allí hay una puerta —dijo.

—¿Qué quieres, que la abramos? —protestó Jean—. ¿Tú estás loca o qué te pasa?

—No he llegado hasta aquí para quedarme delante de una puerta, la verdad.

No estaba cerrada. Marie apagó la luz del casco, encendió una linterna más pequeña y alumbró un poco, todavía desde la cocina. Abrió la puerta del todo y desapareció, seguida por un Jean nervioso y asustado.

Todo lo que podían ver era un montón de butacas rojas y poco más, si acaso otra puerta cerrada, esta vez de metal.

—Aquí no hay nadie —dijo Marie, encendiendo la luz de su casco.

El fondo de la habitación brilló con luz blanca, reflejando la de Marie. Era una pantalla de cine.

—Hay un interruptor —dijo Jean, todavía junto a la entrada.

Un resplandor suave iluminó la estancia, todo un ejemplo de luces indirectas escondidas en el techo. Las butacas estaban dispuestas como en un minicine, pero separadas entre ellas y con unas mesas de plástico en medio. Junto a la puerta metálica encontraron un armario que, aparte de botellas de vodka y coñac, guardaba un reproductor de DVD y un mando a distancia. Dos cables subían por la pared hasta un proyector de video camuflado frente a la pantalla de cine.

Marie trató de abrir la puerta metálica, pero estaba cerrada con llave.

—Parece que hemos encontrado el escondite de un club secreto —dijo Jean, algo más tranquilo, mientras trasteaba con el DVD—, seguro que un montón de ricachones vienen aquí para librarse de sus mujeres. Beben un rato, fuman sus puritos y se hartan de películas porno.

—Pues me da escalofríos —susurró Marie.

El proyector se conectó con un ruido seco, llenando la pantalla blanca con un azul intenso, casi doloroso a la vista, mientras se calentaba la bombilla.

—¿Qué haces? —gritó Marie.

—Nada, quiero ver el tipo de porno que ven estos tipos. Curiosidad de catacumba.

El proyector hizo otro ruido y empezó a mostrar imágenes. Jean se apoyó en una de las butacas, mientras Marie negaba con la cabeza.

—Eres un guarro —le recriminó.

*******

Los hombres vestidos con trajes de cuero, cuyas costuras, burdas y gruesas, parecían atravesarles piel, carne y músculos, acariciaban a la mujer muerta con lentitud lujuriosa, moviéndose al ritmo de insectos, moscardones verdes de los que acuden a la putrefacción, actuando con reverencia, todo bajo la mirada perdida, ausente en los rincones rojizos de aquella bóveda subterránea, de otro hombre, desgarbado, calvo, de manos ensarmentadas y uñas anormalmente largas, que, enfundado en un abrigo negro, parecía prestar más atención a la penumbra que a la escena, demencial pero de coreografía intachable, que parecía, por momentos, interminable.

Las imágenes eran viejas, rodadas en un blanco y negro de tintes amarillentos, con los bordes quemados y llenas de raspaduras blancas que cruzaban fotogramas de parte a parte, provocando estallidos de luz blanca incapaces de expulsar a las sombras de la sala de proyección, donde la oscuridad se había vuelto tan densa que hacía difícil hasta respirar.

Jean hacía tiempo que había cerrado los ojos, pero aún así la película le traspasaba los párpados como un hierro al fuego, grabándole en el cerebro cada caricia obscena, cada centímetro de aquel cuerpo muerto. Quería que aquello parara, pero estaba paralizado. No ya tanto por el miedo como, y eso le carcomía el alma, por una extraña fascinación, un hechizo que le impedía tanto moverse como abrir los ojos.

Hasta que apareció.

Parpadeó. Los hombres de cuero seguían su baile sobre el cadáver, ajenos a la realidad que los rodeaba, pero el otro hombre, aquel de aspecto ajado, miraba por encima de ellos, hacia algo ajeno, diferente, que se escapaba de su campo visual cada vez que trataba fijar la vista, deslizándose, como una gota de mercurio caliente, entre el párpado y el ojo, dejando una sensación de escozor insoportable.

Poco a poco, con la lentitud de la marea, ese algo creció, ocupando la pantalla entera, proyectando su propia luz, despellejando la conciencia de Jean, limando su alma, aplastando, con suavidad, sus sentidos; no escuchaba ni veía nada. Si acaso sentía frío, entumecimiento, distancia, los latidos de su corazón, aumentando de ritmo, subiendo por su garganta hasta casi ahogarlo.

Se despertó tirado en el suelo enmoquetado, de olor a cenizas y a güisqui, con la boca llena de bilis, la garganta en carne viva y los ojos tan hinchados y doloridos que apenas podía abrirlos.

La pantalla brillaba con una luz azul brillante, todo lo que se escuchaba era el zumbido del proyector de vídeo; Marie estaba a su lado, en el suelo, con el rostro ensangrentado y los ojos arrancados, clavados, como un trofeo, en la punta de sus dedos. Estaba muerta. Jean lo supo nada más verla, brillaba, con cada parpadeo cambiaba de forma, se descomponía allí, junto a él, perdiendo piel y carne, convirtiéndose en un esqueleto amarillento, manchado.

Salió de allí a la carrera, en busca del derrumbe por el que habían entrado hacía sólo unos minutos. El agujero en la pared parecía más pequeño que antes, los ladrillos viejos y las rocas le arañaron el cuerpo, dejando rastros carmesíes, heridas abiertas para que recordara aquel lugar.

Llegó al túnel, el estrecho paso excavado en roca que llevaba desde la Fuente de Chartroise a la Cámara del Dragón, todo salas y recovecos, esquivos y equívocos caminos a seis metros bajo el viejo Paris, refugio antiguo de ladrones y sacerdotes, de bohemios y cadáveres, amantes, fotógrafos excéntricos, fugitivos.

Jean lloraba. Notaba las lágrimas en su cara, arrastrándose por las mejillas, acariciándole el mentón antes de caer, sin control alguno por su parte. No pensaba en Marie, no pensaba en él; lloraba sin más, se dejaba llevar, lo mismo que se arrastraba a trompicones por aquellos túneles por los que tantas veces había tratado de encontrar secretos y maravillas bajo la luz de su linterna.

Así que corría, caía, lloraba y, sin aliento, trepaba por rocas sueltas y corredores cubiertos por los huesos de aquellos que, sin tumba propia, habían sido utilizados para cubrir capillas nuevas bajo catedrales antiguas. Recorrió calaveras y clavículas, corrió entre columnas construidas con brazos y, a cada paso que daba, notaba la presencia, sentía cómo, sin remedio, un pedacito tras otro de muerte se le metía bajo la piel, abriéndose paso hasta sus venas, recorriéndole el pecho y llegando al corazón en forma de latidos pegajosos.

Contuvo nuevas arcadas que le llenaban la boca de bilis y trató de orientarse. La red de túneles bajo Paris era inmensa, con distintos niveles y orígenes, pero todos conectados. Marie le había enseñado a moverse allí debajo, a ser amante de los paisajes prohibidos y las catacumbas. Pero ella estaba muerta. Y él notaba que se le rompía el alma.

No siguió ningún camino, senda o señal. Se arrastró, guiado sólo por el instinto y la desesperación, hacia arriba, hacia el aire fresco, siempre al túnel que parecía reconocer, el que no le hiciera volver a aquella sala donde la muerte soñaba y era soñada por otros.

Metal retorcido, escalera hacia el cielo. Jean iluminó su esperanza en forma de alcantarilla. Veinte peldaños, sucios y olvidados, que nunca habían parecido tan hermosos a ojos de nadie como a los suyos. Trepó, subió tan deprisa como pudo hasta llegar arriba, empujó, peleó con la tapa de hierro que le impedía salir. Logró apartarla. Escapó de la oscuridad, ensangrentado, sucio y condenado.

Fuera llovía.

Las gotas eran negras, caían con fuerza y golpeaban como pequeños alfileres; el viento llegaba a oleadas, caliente, húmedo y maloliente.

Arriba las nubes se movían deprisa, entre muros color sangre, altos como catedrales, que parecían extenderse hasta el infinito, mezclados unos con otros, conectados a través de puentes, arcos o contrafuertes.

Jean trató de alejarse de la alcantarilla, pero no sabía dónde ir, allí, bajo la lluvia negra, se sentía más perdido todavía que antes. Cada parpadeo era un suplicio, notaba cómo si tuviera una aguja al rojo vivo justo detrás de cada ojo, tratando de salir al exterior con cada lágrima, clavándose más y más, rasgando, perforando.

Caminó sin rumbo, buscando refugio junto a los muros de piedra, cubriéndose de la lluvia, hasta que encontró, de nuevo, escaleras, peldaños excavados en la misma roca que subían, en un zig zag desconcertante, hasta las alturas plagadas de caminos entre edificios. Parecían catedrales a las que un filo gigante hubiera cortado por la mitad, dejando a la vista secciones y altares convertidos en potros de tortura, recubiertos de cadenas y palancas.

Subió hasta ver las bóvedas estrelladas y los arcos acabados en lanzas que marcaban puertas cegadas por toneladas de roca sin desbastar, cruzó pasillos suspendidos en el aire en arquitecturas imposibles. Lloraba sangre mezclada con lluvia. No tenía hambre ni sueño, suyo era el don de la vigilia. Se abandonó al camino.

La última puerta que encontró, exenta, bajo una cúpula sencilla de ladrillos, parecía construida en pizarra, negra, fría. Jean sintió por fin el cansancio, las piernas le fallaron y cayó sobre el suelo; no sintió mas que entumecimiento. Los ojos volvieron a sangrarle con fuerza.

Escuchó un rumor, el roce contra la piedra de algo que se arrastraba. Alguien le tocó, pero Jean no podía ver nada. Pronto llegó una caricia. Luego otra. Algo removía su alma allí bajo la puerta negra. Le limpiaron los ojos. Le besaron.

Allí estaba el hombre calvo de manos retorcidas, junto a él los hombres con trajes de cuero ejecutaban su elaborada coreografía, amándole, susurrándole secretos al oído, despojándole de los últimos vestigios de su humanidad.

La muerte se escurrió lentamente fuera de él, atravesó a los hombres, rodeó la puerta, ascendió a la cúpula, desbordó las murallas, ocupó el horizonte.

El hombre calvo sonrió.

Jean respiró profundamente antes de morir, en el suelo enmoquetado, junto a Marie, bajo los últimos fotogramas decolorados de una película soñada.

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