María y los mendigos

No pasaría mucho de la medianoche cuando María, borracha de absenta, licores y láudano, decidió vagabundear lejos del cuartucho donde atendía a hombres, mujeres, jóvenes principiantes, abogados, revolucionarios, bonapartistas y a un buen número de rostros brumosos que se mezclaban unos con otros en su memoria.

Arrastrando su vestido rojo de terciopelo, lleno de retales baratos y que dejaba casi al aire sus grandes pechos, por el barro del Temple, esquivando borrachos malolientes que trataban de agarrarla por la cintura y llevarla a las sombras, giraba las esquinas en busca de aire fresco, un aire que no estuviese cargado por la humanidad corrupta y sucia del barrio, en busca de un lugar sin ratas ni barricadas. Pero el barrio parecía eterno entre callejuelas circulares y hogueras que, con su luz bailarina, convertían en penumbras desconocidas a callejones y en brujas gigantescas al resto de las putas.

Y allí, en esa espiral que parecía no acabarse, María bailaba borracha enredándose el pelo negro rizado entre los dedos y dejando que sus ojos verdes reflejaran, a destellos de diamante, tanto luces como sombras, tanto sueños como pesadillas revueltas entre las fincas en ruinas, entre las acequias abiertas y los cuerpos arrinconados a la espera de la mañana.

Entonces, en algún momento dentro de las nieblas de la madrugada, cuando, cansada y perdida, con el alma exhausta, como cada noche, sentada entre escombros de alguna casa olvidada, María los vio. Primero a los tullidos, de piernas cortas o cortadas, apoyados en muletas hechas con palos retorcidos, luego a los deformes, de rostro aplastado, labios gigantes, narices perdidas por la lepra, llagados con la cara ensangrentada; avanzaban en silencio, como una armada invisible, entre las últimas calles del barrio y a medida que pasaban cerca de ella veía a más de ellos, hermanos unidos por la cintura, enanos sin brazos, ancianos desdentados y desnudos con uñas largas y el pelo desaliñado. Los últimos debían ser tan grotescos que cubrían sus rostros con máscaras de cuero, abultadas, sucias, que dejaban sólo el hueco para ojos y boca.

Pero María, la dulce María, la triste María, no apartó la mirada de aquella extraña procesión de almas en pena; estaba fascinada, maravillada, quizás incluso, como dirían los doctos de la iglesia, hasta poseída por la fealdad, la absoluta y completa fealdad irreal que la rodeaba como a una isla de la belleza. Finalmente, tras la cohorte de aberraciones, cuatro de los más horribles, llagados, supurantes, de brazos largos y velludos, junto con otras malformaciones sin número o proporción, portaban a hombros un ataúd de madera negra. María comprendió entonces que asistía a un cortejo fúnebre, a un último homenaje para alguien con nombre entre los sin nombre.

—¿Asustada? —le susurró alguien a la oreja, sin previo aviso.

Si María no hubiese estado ebria de láudano y, además, creyéndose fuera de este mundo, su grito hubiera roto ventanas y hecho temblar los escombros; pero en el estado en que se encontraba, se limitó a volver la mirada para contemplar al susurrador que la había sorprendido.

Bajo un sombrero de copa, alargado y apolillado, y bajo la luz de la luna llena, un hombre de barba rala, ojos saltones y pelo rizado le sonrió. María lo contempló de arriba abajo, con su ojo experto, encontrando que sus ropas, chaqué aterciopelado, chaleco negro, pantalones a medida y botas altas, eran de calidad pero anticuadas. Ella le devolvió la sonrisa, apoyándose en una pared medio derruida y enseñando los pechos.

—Ya soy mayorcita para asustarme de los sin nombre —dijo, con los ojos todavía embriagados y los labios húmedos.

—Los sin nombre —repitió el hombre con sorpresa—, hacía tiempo que no escuchaba llamarles así. Aun así, aunque no les temas, éste no es sitio para una niña como tú, deberías estar con tus hermanas, cerca del fuego; no aquí, en la oscuridad junto a los monstruos.

María se retorció un poco, juguetona, volviendo a mostrar sus senos. Aquel hombre la excitaba de alguna forma que no llegaba a comprender. Quizás su voz, de acento extraño y meloso, le llegaba dentro, muy dentro, haciéndole respirar con fuerza.

—Ya no soy ninguna niña —susurró ahora ella—, creo que nunca lo he sido.

El hombre alargó la mano, una mano grande, rugosa y encallecida, y acarició con dulzura el suave rostro de María que, al sentir su contacto, gimió de placer mientras se agitaba como una gata en busca de cariño.

—¿Quieres ver dónde van? —le preguntó—. ¿Ver dónde se esconden de los ojos del mundo, de la realidad?

Ella se acercó a él, notando su calor y olor almizclado, sintiendo cómo la sangre fluía hasta las mejillas, encendiendo su rostro como una antorcha. En aquel momento María habría ido dónde él dijera, aunque fuera al más profundo de los infiernos.

Él le ofreció su brazo y ella lo aceptó, juntos abandonaron el refugio de las ruinas para seguir a los últimos miembros del cortejo que ya parecía perderse entre las calles, también sin nombre, del Temple.

—¿Sabes dónde llevan el ataúd? —preguntó María, apoyando su rostro sobre el hombro de su acompañante.

—Lo llevarán hasta el Sena, y allí lo abandonarán. Dejarán que la corriente se lo lleve y desaparezca, que las aguas del río limpien su muerte.

—¿Tenía muchos pecados? —dijo ella, con tono inocente.

—Muchos. Como todos. Pero mira —señaló el hombre—, ¿ves aquella casa de puertas abiertas? Allí es donde nos dirigimos ahora.

La casa había conocido tiempos mejores, de fachada blanca y ventanas acristaladas en lugar de muros agrietados y humedades, pero en su interior brillaba una luz agradable y sonaba, lejana, música de violines y flautas. Al llegar al portal, pues, como ya había indicado el hombre, carecía de puertas, María vio decenas de candelabros, fanales y antorchas, dispuestos formando un pasillo de luces hacia el interior. Entró en la casa sintiéndose como la princesa de un cuento de hadas.

El camino se abría paso incluso a través de habitaciones, en las que alguien había tirado abajo tabiques y creado unos nuevos, todo para que la luces guiaran en línea recta al visitante, llegando hasta unas escaleras de caracol que se hundían en la ciudad. En cada escalón brillaba una vela blanca y la cera, derretida y enfriada, caía como una cascada helada hasta las entrañas de la tierra.

—Ve delante, niña —dijo el hombre—, explora y disfruta. Un hombre mayor como yo necesita de tiempo para bajar las escaleras. Pero recuerda una cosa: al llegar abajo, espérame, no trates de avanzar sola.

María asintió y dejó, de mala gana, el brazo de su acompañante antes de acometer los primeros escalones. Caminó y caminó, sintiendo como ya la absenta le abandonaba y el frío de la madrugada empezaba a alcanzarle. Las escaleras cambiaron de mármol a ladrillo y luego de ladrillo a roca. Siempre en círculos, siempre girando. Al final, cuando ya había perdido la noción del tiempo, se acabaron los escalones en una pequeña sala llena de espejos. Eran espejos grandes, como María nunca había visto, perfectos, pulidos. Reflejándose unos a otros hasta el infinito y, atrapada en ellos, vestida con su traje rojo remendado, a María también.

El sonido de violines había crecido, tocaban una melodía de suaves altibajos y las flautas, dulces como la miel, acompañaban arrastrando las notas con melancolía. María avanzó hasta contemplarse, a la luz de las velas, en uno de los espejos. Había dicho la verdad al decir que no era una niña, la edad, la que no se mide en años, la traicionaba al mirarse a los ojos.

Los violines dieron un último compás y detuvieron la música, pero el silencio no duró ni un segundo; un murmullo, como el de un río a medida que crece con la lluvia, llenó la habitación. María reculó hasta las escaleras mientras sentía, por primera vez, el miedo.

Un espejo se apartó, y luego otro y todos los demás; detrás se abrían puertas, agujeros, corredores. Llenos de manos, rostros y voces; los sin nombre, los que nadie ha visto. El primero que entró en la sala de los espejos era un gigante de frente tan amplia que le cubría los ojos, olfateó unos segundos y se acercó, tambaleándose, a María. Tras él, roto el invisible hechizo que los mantenía alejados, se desbordaron deformes, enfermos, tullidos, ciegos, locos y retrasados.

—¡Atrás! —gritó María, gastando sus reservas de valor. Detrás de ella, en la escalera, había ya decenas de ellos impidiéndole la huída. Sin embargo, ninguno se atrevió a tocarla, manteniendo a su alrededor un vacío.

—Debiste volver al fuego, niña —sonó un voz de acento conocido. La multitud se abrió, dejando un fino camino hasta el hombre que la había traído—. En la oscuridad sólo puedes encontrarnos a nosotros.

El hombre avanzó un paso y le quitaron el chaqué, dio otro y desapareció el chaleco. A medida que atravesaba el mar de carne deforme su ropa iba desapareciendo, dejando al descubierto cuatro cinchas de cuero, atadas con gruesos herrajes, que le cruzaban el torso, peludo de un rojo rabioso. Al desaparecer sus pantalones María vio, sin acabar de creérselo, que en lugar de piernas tenía dos patas, velludas y deformes como las de una cabra. Al aflojar las cinchas de cuero, el hombre adoptó una pose encorvada. Se quitó el sombrero lentamente, dejando al descubierto dos cuernos retorcidos en lo alto de la frente.

—Somos los que no tienen nombre —dijo—, los que se esconden del mundo, los que conceden deseos, los que viven entre los sueños. No me preguntaste quién había muerto y ésa, niña, era pregunta de capital importancia. En aquel ataúd que lanzaron al Sena dormía nuestra esposa, nuestra reina y nuestra madre. La que nos parió a todos, la que nos dio esperanza.

—No entiendo —sollozó María, tratando sin éxito de apartarse unos pasos—, no entiendo nada.

—Siempre hay una esposa para nosotros, el Temple nos la brinda, nos la ofrece como un sacrificio. Una niña triste, una puta virgen, un alma solitaria.

—Estás loco…

—Por supuesto que sí —dijo el hombre cabra, haciendo una seña a sus hermanos que se lanzaron sobre María como un único ser, tocándola, besándola, acariciándola mientras la sacaban de aquella pequeña sala. El murmullo, atronador, acabó por acallar sus gritos.

—¡A la silla! —gritaron varios de ellos, aquellos que todavía podían hablar.

María pasó de mano en mano, en la corriente del río de carne, a través de túneles sombríos hasta llegar a una sala maloliente en la que esperaban cientos de aquellos seres. En medio de dicha sala había una silla de madera, casi un trono si no fuera por la tosquedad con la que estaba labrada. Tenía el respaldo inclinado hacia atrás y, desde la mitad del asiento, se alargaban dos maderos con correas de cuero. Dos hombres, de los que llevaban la cabeza cubierta con una máscara, levantaron a María en vilo y la sentaron en la silla, separándole las piernas cada una en un madero y utilizando las correas para inmovilizarla.

Uno de ellos, sin labios, orejas o nariz, avanzó con algo que en su día debió utilizarse como jaula para pájaros. Ahora la habían cortado por la mitad y añadido cierres a los dos lados. El hombre se acercó a María, apoyó una de las mitades tras su cabeza y luego, con cuidado de no hacerle daño, colocó la parte delantera y apretó los cierres, dejándola encerrada tras diez barrotes de fino hierro.

El murmullo cesó de repente, dejando en el aire tan sólo el ruido de cientos de corazones desbocados, ansiosos, animales. María, llorando tras la jaula, miró aquellos rostros imposibles, perdiendo la esperanza.

El hombre cabra llegó a la sala, caminando con lentitud y mirando al resto de sus hermanos. Avanzó hacia la silla y acarició el rostro de María antes de rasgarle el vestido. Tocó sus generosos pechos, lamió su vientre y luego, cuando sintió ya su falo dolorosamente erecto, penetró su sexo, su alma y su vida. Como si hubiese sido una señal, todos los demás monstruos se acercaron, formando una marea deforme a su alrededor, de pálpitos, de roces, de caricias. Todos la amaban. Amaban a su madre.

Y mientras volvía a embestir, María, la dulce María, ahogada entre lágrimas, susurró.

—¿Moriré?

El hombre cabra apoyó el rostro en sus senos, con todo el cariño del que fue capaz antes de contestarle con voz dulce.

—Tú, madre, eres inmortal.

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