Texturas

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Maciste, menudo nombre le pusieron, todo porque a su padre le gustaba ver a Maciste levantando piedras enormes y doblando espadas con las manos desnudas, y pensó que era un nombre de puta madre para un niño, como si llevar el nombre de alguien tan fuerte fuera a darle al pobre criajo algo más que alguna paliza ocasional en el patio del colegio y la risa generalizada cada vez que se presentaba; en circunstancias normales nadie en su sano juicio habría puesto a su hijo esa mierda de nombre, pero Franco ya se había muerto, los padres de Maciste vivían en una comuna en mitad de la nada donde pasaban la mayor parte del tiempo fumando costo, bebiendo y follando, y, puta casualidad, por lo visto le pasaban mercancía al encargado del registro que accedió a poner ese nombre, que no era católico, si acaso pagano, pero como el niño no iba a pasar por el cura del pueblo, menuda tirria le tenía el cura a los rojos esos que se pasaban el día pecando arriba y abajo, desnudos y drogados, puso el sello, firmó el registro y allá que se fueron los padres del niño tan contentos con todos los papeles en regla, viva la democracia, el amor libre y la madre que los parió a todos.
Maciste, entonces, claro, no sabía nada de su nombre, si acaso que era el de un actor protagonista de las únicas diez películas que a veces ponían en un viejo proyector que hacía un ruido infernal y que apenas se veían, desdibujadas contra las sábanas viejas que colgaban entre las caravanas de la comuna. Maciste, entonces, estaba orgulloso de su nombre y sacaba pecho y bíceps diminutos mientras sus padres fumaban y reían y todo entonces, lejano, distante, parecía eterno, congelado en el tiempo de una infancia disfuncional pero divertida.
No, no se cambió el nombre. Cuando cumplió los dieciocho ya no le apetecía. Después de toda la mierda que había tragado desde que sus padres dejaran la comuna, aceptaran el dinero, mucho dinero, de los abuelos y papá se cortara el pelo, cambiara harapos por trajes y fueran a vivir al centro de una ciudad gris y aburrida en la que nadie proyectaba películas de romanos a no ser que fuera la de Gladiator, que a su padre no le gustaba nada, aquello le importaba muy poco. No, no se cambió el nombre a pesar de todo, quizás, también es posible, porque le recordara esa infancia que había pasado y no le daba la gana convertirse en una persona gris como la ciudad, como su padre, como su madre, ahora siempre con la sonrisa rota detrás de una botella, como sus compañeros de colegio, como sus profesores, como el mundo entero. Gris, sin color, sin alma.
A Maciste le gustaba el color. Había jugado con los rojos y los azules, añiles, tierras, violetas, incluso los grises, aunque estaba claro que no le gustaban, y pasaba las horas dibujando, pintando, emborronando cuartillas, mezclando acuarela con agua, repasando con los primeros pinceles cuadernos para colorear de la Sirenita, saliéndose a propósito de los bordes para disgusto de sus profesores. Colores. Trazos. Maciste descubrió pronto que quería ser pintor y así se lo dijo a sus padres con apenas doce años. Lo hizo de manera muy seria con sus cuadernos en la mano. Quiero ser pintor, papá. Y su padre lo miró muy serio, su padre ahora lo hacía todo de una manera muy seria, y al principio le dijo que no, que eso no tenía futuro, que iba a estudiar primero una carrera, ¿cuál? ¿acaso eso importa? Una cualquiera, joder, medicina, telecomunicaciones, algo con futuro, y que luego, si quería podía pintar lo que le diera la gana. Maciste, sin entender tampoco ni media palabra de lo que su padre le decía, negó con la cabeza, levantó sus cuadernillos con los bordes mal pintados e insistió. Voy a pintar. Seré pintor. Y aunque su padre hizo el amago de levantarle la mano y cruzarle la cara de una buena hostia, su madre, la que llevaba tiempo callada, y ese tiempo podía ser tanto de semanas como años, le dijo que no fuera así, que dejara al niño soñar, que ellos habían soñado mucho tiempo, y esas palabras, que parecían lejanas, traídas también de otro tiempo mucho más feliz, hicieron que el padre de Maciste lo dejara estar, no sin antes soltar un Pintorpormiscojones, levantarse y marcharse al bar a tomarse un coñac, dejando claro que aquel chaval anarquista que veía amanecer abrazado a ideales románticos había muerto y él tan sólo era una sombra envidiosa que se había apoderado de su cuerpo. Así que cuando murió, diez años después, en un accidente de tráfico, Maciste no lloró, pero tampoco se cambió el nombre, que, a fin de cuentas, era lo único que le quedaba de un padre que había querido.
Pintor, claro. En la cabeza de un niño no quedaba muy claro lo que era eso, si acaso pasar el día jugando con pintura. Había visto documentales de señores vestidos con bata y mirada luminosa que pasaban el rato en enormes salones llenos de lienzos en blanco. Se dio cuenta pronto de lo equivocado que estaba, pasando horas en aburridas clases de anatomía, con modelos, sin modelos, pintando manzanas, y el pensaba, ¿para qué tengo que pintar esta manzana de mierda? Si lo único que quería era jugar con colores y estrujar los tubos de pintura con las manos desnudas. Pero de todas formas pintó manzanas y dibujó jarrones, caras, manos, rostros, edificios modernistas, iglesias góticas, aprendió de proporciones y de escorzos, de óleos y murales.
Mientras tanto, Maciste, no el pintor, el niño, creció. Su madre se encargó de que pintara, de que siguiera pintando. Maciste, de nuevo el nombre, era lo único que quedaba de su marido, o al menos del que había tenido antes. Y si Maciste quería ser pintor, pintor iba a ser. Así que le pagó la escuela de arte y se preocupó de que no le faltara nada mientras lo hacía. Así que el niño Maciste creció entre lienzos y se convirtió primero en un adolescente que apenas tenía nada contra lo que rebelarse, y luego en un adulto que se enfrentaba a un sueño infantil convertido en realidad y que le apretaba el pecho como una garra invisible cada vez que se enfrentaba a un lienzo en blanco.
Había aprendido muchas cosas durante los años. Y su visión de ser pintor había pasado a la de ser artista. Ser artista es mejor que ser sólo pintor, siendo artista puedes hacer lo que te de la real gana y pensar que el resto de la gente es una mierda, y decir cosas interesantes sobre la situación del Arte, como si el arte fuera una persona, o tuviera situaciones, pudiendo, además, no presentarse a subvenciones, porque están todas dadas, o participar en concursos, que son para los amigos del jurado; no, a él no le hacía falta nada de eso porque tenía dinero, el dinero de su madre.
Un día, como todos los días, uno normal, sin nada en especial, su madre murió. Cáncer. Maciste se enteró justo en ese momento, su madre se lo había ocultado y él, que jamás preguntaba ni se preocupaba por nadie que no fuera él mismo, no se había dado cuenta. Así que de repente estaba sólo, sus abuelos habían muerto muchos años atrás, en una casa enorme que, de eso también se enteró de repente, estaba hipotecada, y además el dinero de su madre, que él creía inagotable, apenas le iba a dar para salir sin deudas al mundo exterior, como si de repente volviera a nacer de una patada en los huevos.
Sin embargo, y todo hay que decirlo, Maciste sí lloró por su madre.

Maciste, el pintor y el adulto, recogió sus lienzos y se marchó a otra parte de la ciudad gris, primero a un apartamento luminoso, luego, cuando apenas pudo pagar el alquiler, a uno cuyas ventanas daban a un río maloliente y brumoso, y, por último, acabó en una buhardilla de crujidos insospechados, con ventanas al cielo lleno de nubes, en la que hacía frío en invierno y un calor sofocante en verano. Si embargo, al dejar allí sus lienzos inacabados, sus botes de pintura, sus pinceles, se sentó en la cama que era también sofá y a veces mesa y pensó que se encontraba a gusto, que allí se estaba bien, que estaba en casa y por primera vez en su vida se puso a pintar, como si fuera un pintor de verdad de esos que veía en documentales y no un artista, o tal vez fuera al revés y al perder todo lo que tenía se hubiera convertido en artista de verdad y no en un pintor de esos que salían en los documentales. Así que pintó. Y lo hizo bien. Trazo tras trazo, pincel a pincel, como si le fuera la vida en ello.

A Arquímedes O’Shea le hizo gracia el nombre de Maciste, sobre todo porque resultaba todavía más ridículo que el suyo propio, aunque, como solía decir, ser medio griego y medio irlandés no te dejaba mas huevos que llevar un nombre como el suyo, como el de un personaje de opereta o el de un gato callejero. Fue eso, sinceramente, la imposibilidad de aquel nombre, lo que le llamó la atención de Maciste, ya que como pintor apenas apuntaba maneras, si acaso un dejà vu de autor joven y talentoso que Arquímedes, astuto marchante como era, había visto, y explotado, una y otra vez. Las malas lenguas decían que Arquímedes se había hecho viejo de repente, de un día para otro, por toda la mala sangre que le corría por la venas, que al final el cuerpo se resentía del alma maligna que lo habitaba y de aparentar apenas los treinta había pasado a arrastrar por la cara arrugas abiertas, la nariz peluda, nada de pelo en la azotea y un cierto tembleque en las manos cuando se excitaba demasiado. De su vida sexual no decían nada, por lo visto la mala sangre no le afectaba ahí abajo, aunque conseguía pocas presas que no fueran previo pago de unos euros, o promesa de un estudio, una exposición o una venta en firme.
Con Maciste no había nada de eso, era demasiado mayor y demasiado sucio para lo que gustaba de disfrutar el viejo que no era viejo de Arquímedes. Al principio fue su nombre, y luego, a medida que las pinturas de Maciste mejoraban, apareció ese duende de la codicia que todo marchante lleva dentro. Decidió pagar el alquiler de la buhardilla a cambio de exclusividad, total, para los cuatro chavos que costaba aquella pocilga estaba seguro que sacaría muchísimo más, aunque los cuadros de Maciste no pasaran de venderse a amas de casa con ínfulas que se dejaban el dinero paseando por el ARCO.
A Maciste, por su parte, le pareció cojonudo. Dejó de acarrear sus lienzos arriba y abajo y pudo dedicarse a lo que quería realmente. A pintar. Y a follar. Era otra de las cosas que le gustaba de ser artista, pero artista de verdad, que a su alrededor flotaban mariposas abiertas de piernas que pasaban por su cama-mesa-sofá sin hacer demasiadas preguntas, que respiraban a gemidos y luego, tan fácil como habían aparecido, se iban por la puerta de la buhardilla sin dejar más rastro que el de sus pies desnudos bañados en pintura de colores mezclados e imposibles.

Así que Maciste, pintor, adulto, artista, confundiendo noches con día, se convirtió, sin saberlo, sin darse cuenta, en una marca, un símbolo reconocible y un valor activo en la cartera de Arquímedes O’Shea, y sus cuadros, que al principio nadie quería, o querían poco, fueron moviéndose entre la telaraña del marchante, creciendo artificialmente de valor, ¿no tienes un Maciste? ¿Qué?, no estás comprando bien, es un valor en alza, todavía no es famoso, pero dentro de unos años… Y si se muere más, no digas esas cosas, pero si es cierto, pásame otra copa, ¿y una rayita?, ¿quién lo lleva? O’Shea, tengo que llamarle, ¿Maciste?, que nombre más raro, da lo mismo, es un artista, puede llamarse como quiera, pero que pinte, que no pare de pintar. Y que se muera.

A Maciste, además de pintar, follar, meterse una rayita de vez en cuando y un gin-tonic para quitarse el olor a pintura de la cabeza, le gustaba ir al museo de arte. Lo tenía apenas a unas calles de distancia y solía ir por la tarde, un poco antes de que cerraran, lo justo para dar una vuelta y vigilar a los jóvenes pintores que iban a ver a los maestros, todos vestidos iguales, con su funda larga y parecida a una lanza que llevaban cruzada a la espalda, Maciste los observaba y se preguntaba si él había sido igual de tonto, fijándose en los grandes pintores muertos que se exponían en las paredes del museo. Cezanne, Matisse, Van Gogh, Bacon, Kandinsky. El museo era el Corte Inglés de la historia del Arte. Cada mes, nueva colección, temporada nueva, exposición sorpresa. El mes pasado, Grandes Bodegones, el que viene, el Renacimiento, éste, el Horror y la muerte. ¿A quién se le podía hacer una exposición así? Sólo le podía interesar a las hordas de niñatos emocionalmente deficientes que ocupaban el lugar habitual de sus estudiantes, decenas de niñatos vestidos de negro con flequillos que les llegaban hasta el suelo que ahuyentaban a las jovencitas impresionables que adoraban a los pintores bohemios. Aunque, todo hay que decirlo, sólo por ver la cara de pavor, horror y dolor reprimido de los dos ancianos de la entrada, tan viejos como el mismo edificio y al menos dos tonos más grises, de los que Maciste nunca había escuchado una palabra alegre, una broma o una mirada que no fuera de desprecio, que apenas podían sobrevivir a la avalancha adolescente que les rodeaba, merecía la pena pasarse a última hora por el museo. Por eso y por Rothko.
Rothko tampoco tenía un nombre normal, pero él era lituano y estaba muerto desde antes que Maciste naciera. Rohtko también era pintor, como él, no, mejor que él, también como artista y como todo. Frente al cuadro de Rothko, Maciste se quedaba helado, congelado, atemorizado y reverente como los estudiantes frente a la puta Mona Lisa. ¿Y qué había hecho Rothko? Un cuadro inmenso, poderoso: dos segmentos rectangulares, uno gris y otro blanco, de una textura densa y esparcida, con una presencia tal que el lienzo parecía comerse la luz a bocados dejando a Maciste solo, desnudo y abandonado, a punto de ser juzgado por su pecados y encontrarse con su creador.
Rothko era lituano y estaba muerto. Pero su obra permanecería por siglos arrancando el aliento de los incautos. Nada de lo que había pintado Maciste podía parecerse remotamente a aquella pintura, era su sueño secreto, la espina clavada en su costado, Maciste quería ser Rothko pero no podía, era mediocre, era un niñato, era peor que todos aquellos que le rodeaban, pero tenía, quería, deseaba ser Rothko. Así que aquel día de la exposición salió del museo, volvió a casa, cogió el teléfono, llamó a Arquímedes O’Shea y le pidió un lienzo de tres metros de largo por dos de alto, tan grande que apenas le cabía en la buhardilla, también le pidió pintura, ginebra y algo de farlopa.
Dos semanas más tarde, el lienzo seguía en blanco y a Maciste no se le levantó con una zorrita adolescente que Arquímedes le había enviado. Nunca sería Rothko. Nunca sería recordado con reverencia y temor al contemplar su obra.

Arquímedes O’Shea no era de los que olvidaban con facilidad, ni los agravios, ni los favores, ni las malas miradas, las palabras o los gestos; difícilmente iba a dejar pasar por alto el enorme lienzo que había mandado a casa de Maciste, por no hablar de los dos gramitos que el muy niñato le había pedido, no, ¡exigido!, para ponerse a hacer su trabajo de una vez, que hacía tiempo que no pintaba nada, que el dinero no cae del cielo y las ínfulas postmodernas de eternidad las quitaba Arquímedes a base de patadas en el culo. Así que se pasó una tarde por la buhardilla, por la buhardilla que él pagaba, para ver cómo le iba a aquel desharrapado que ni siquiera le cogía el teléfono, para encontrarse con la puerta cerrada y nadie al otro lado. Por supuesto, tenía su propia llave, así que entró para darse de bruces con un olor indefinido a meados y ginebra barata, una luz rojiza del atardecer pasando a través de los sucios ventanales en el techo de la habitación y un lienzo enorme, falcado con maderas, apoyado en la pared y definitivamente en blanco.

-Rothko -dijo Maciste. Pero no hablaba para sí mismo, como solía ser habitual en aquella sala del museo, en la que pasaba tanto rato a solas, contestaba a una sencilla pregunta de una chica vestida de negro, de ese negro ajustado y ceñido que desaparece con la edad y las caderas, que aparentaba cierto interés por el cuadro gris y negro.
-Está bien -murmuró la chica, apareando el pelo largo tintado y lacio de su rostro, dejando ver una cara normalita pero resultona, cargada de maquillaje, con un piercing en el labio y pestañas postizas demasiado grandes.
-Sí -murmuró también Maciste. Lo hizo así, dejando caer el si mientras dejaba que Rothko lo abofeteara por inútil.
Dos horas más tardes ella estaba abierta de piernas sobre su cama-sofá-mesa de espaldas al lienzo, tan caliente que sus mejillas se veían rojas pese al kilo de maquillaje, apenas vestida, arrastrando el culo por el suelo manchado de tinte y aguarrás, esperando que él, Maciste, aunque estaba seguro de que ella hubiera preferido a Rothko, la penetrara. Fuera él Rothko o Maciste, no le hizo esperar más tiempo y empezó a empujar y a gemir y a empujar y a arrastrarse por el suelo de madera sin lugar a donde agarrarse mientras levantaba la vista y veía el lienzo en blanco cambiado de sitio porque seguramente Arquímedes había venido a verle y tenía una llave y se habría cabreado de lo lindo y más que lo haría si no le llamaba o pintaba algo después de seguir empujando y gimiendo dentro de aquella chica que no conocía y a la que no había dicho siquiera el nombre porque no quería que nadie se riera de él aquella noche.
Miró al lienzo, o el lienzo, en un acto de rebeldía nietzchiana, lo miró a él sin saber entonces cuál de los dos estaba más en blanco. Pero Maciste siguió empujando, y ella siguió gritando, gimiendo, y él sintió cómo le llegaba el orgasmo, como siempre, desde detrás de los huevos, haciéndose camino por entre las tripas, entonces el lienzo parecía menos blanco, era cierto, podía ver formas, formas que se movían, que cogían color, que se hacían fijas, que se enroscaban unas con otras como él se enroscaba con la chica sin nombre en ese momento, que se hacían voz, y la voz era la de Rothko, y entonces en un punto climático de orgasmo e inspiración ella le mordió la oreja con tanta fuerza que creyó que le había arrancado el lóbulo mientras ella gritaba y gritaba las formas se hacían pequeñas y parecían escurrirse por las esquinas del lienzo. A duras penas se llevó al mano a la cabeza, estaba sangrando, aunque poco, y ella se retorcía como una anguila todavía con su polla dentro, con el orgasmo todavía acechando ahí atrás y las formas volviendo al lienzo mientras Maciste con una mano masajeaba el escaso pecho de la chica y con la otra buscaba sin éxito un pincel con el que bocetar en el suelo lo que apenas podía ver.
Un círculo, una espiral, un línea vertical, gruesa y sucia, textura grasa, como si el cuadro entero fuera a derretirse ante sus ojos, un poco más, pero deja de chillar, hija de puta, más, más, un poco más, más adentro, y la chica que grita un nombre que Maciste no conoce, y que habla en una lengua que no comprende pero que le hace daño en los oídos, como si se le clavara una aguja al rojo vivo atravesándole los tímpanos lenta y dolorosamente hasta llegar a la masa blanda de su cerebro tras rascarle todo el cráneo por dentro mientras no deja de chillar y de retorcerse, así que Maciste levanta el pincel cubierto de pintura reseca con el que trataba de dibujar en el suelo y se lo clava de un golpe seco en el ojo izquierdo con tanta fuerza que le atraviesa la cabeza y la deja clavada en el suelo pero la muy puta no deja de moverse como si fuera una gallina en celo, sigue moviendo el culo a ritmo de espasmos, una y otra vez, y Maciste nota de nuevo esa sensación que le sale de detrás de los huevos y que le aturde el cerebro, sigue moviéndote, sigue moviéndote, el cuadro se aclara, lo puede ver por fin, es magnífico, como una epifanía, y llega el orgasmo, todo se vuelve blanco.

Nada. Maciste no recordaba nada, allí tumbado, frente al lienzo blanco, solo que ya no era tan blanco, ahora tenía unas pequeñas manchitas rojas, allí, junto a la base, cerca del cráneo ensangrentado de la muchacha muerta, que miraba a Maciste con ojos huecos, como burlándose de él por no ser Rothko y haber perdido la oportunidad, la única oportunidad, de ser algo más que un niñato fracasado, pintamonas, desconocido, don nadie, patético mantenido. Trató de convencerse, todo había sido demasiado rápido, ella no paraba de gritar, apenas le había dado tiempo de pintar algo en el suelo, rayas, bosquejos apenas inteligibles. Contempló el cuerpo inerte de la chica sin nombre. Había dejado de moverse. Salió de ella sin contemplaciones y se sentó a su lado. Había muerto a mitad de un grito, con la boca abierta como la de una de esas muñecas baratas que vendían en los sex-shops. El piercing de su labio reflejó unos brillos arrancados a la bombilla que colgaba del techo. Podía ser. Podía funcionar.

Maciste pasó la mano por detrás de la nuca e hizo una suave palanca, desclavando la cabeza de la chica del suelo manchado de pintura y sangre. Movió el cuerpo un poco a la derecha y pasó su pierna por encima del cuerpo para obtener un ángulo perfecto a la hora de contemplar el lienzo. No se sorprendió al comprobar que volvía a tener una erección. Se agarró el pene con la mano y lo introdujo en la boca abierta, húmeda y todavía tibia de la muchacha muerta. Uno y dos. Uno y dos. Quizá, pensó mientras trataba de ahogar sus gemidos, debería haber quitado el pincel, que no hacía más que estorbarle, pero, ya daba igual. Funcionaba. Uno dos. Uno dos. Dentro fuera, fuera dentro. Las formas del lienzo volvieron a jugar con la realidad construyendo una figura que absorbía la escasa luz de la habitación, los sonidos, y hasta la temperatura, como si el cuadro estuviera fuera de este mundo y lo odiara tanto que quisiera eliminarlo todo hasta que no quedara piedra sobre piedra, piel sobre carne, alma sobre huesos. Uno, dos, dentro fuera, de nuevo la sensación placentera, la figura mágica, la epifanía, su zarza ardiente, su revelación personal a través de una boca muerta y muda.

Una boca muerta y muda que de repente se cerró como una quijada de oso arrancándole la polla de cuajo y parte de los testículos en una oleada imposible de dolor que le recorrió cada fibra nerviosa, cada poro, cada pequeño recoveco secreto de su cuerpo hasta que llegó a la parte más alejada del cerebro y le hizo saltar todos los goznes que encerraban la oscuridad más profunda, fría y aterradora.

Cuando despertó apenas podía moverse. Le costó hasta enfocar la mirada. El cuadro. El lienzo. Las formas estaban allí. Las texturas grasas, el componente orgánico, los colores, la oscuridad, la espiral trazada con las manos, la sensación de pérdida, el frío. Pero no podía moverse en absoluto. Tampoco sentía dolor. Estaba más allá de eso, tan sólo podía notar cierto entumecimiento. El cuadro. Todavía no estaba terminado. La chica se arrodilló junto a él. Se había dado cuenta de que estaba despierto. Le pasó una mano por el pelo y se quedó mirándolo. Todavía llevaba el pincel atravesándole el ojo y el cráneo, pero toda la sangre y el fluido ocular ya estaban secos. Su rostro era completamente blanco. Mucho más que cuando llevaba maquillaje. Sonrió pero esa boca ensangrentada no sabía transmitir nada más que miedo. Maciste siguió con la mirada las manos de la muchacha mientras recorrían su cuerpo inmovilizado y se metían en el boquete que tenía desde el abdomen hasta la entrepierna. Estaba abierto en canal como un cerdo en el matadero. La chica jugueteó un poco con sus intestinos hasta empaparse bien de sangre y volvió hacia el cuadro. Terminó la espiral y trazó unas líneas borrosas a los lados. Si, así estaba mejor. Cuando ella volvió ni siquiera se fijó en qué le hizo, tan sólo que notó un ligero estirón y luego ella apretaba algo contra el lienzo. La textura. Si, esa era la textura. Perfecto, pensó, mientras la luz de los ojos le abandonaba y la muchacha muerta remataba el cuadro hasta en los más pequeños detalles, nada ya importaba, todo estaba listo, la oscuridad, el dolor, nada importaba ya.

Cerró los ojos dejándose llevar hacia esa puerta oscura que era el cuadro, y lo imaginó colgado allí, en el museo, destruyendo el orgullo de los jóvenes pintores, minando la salud de los que lo contemplaran demasiado tiempo, royendo el espíritu de los viejos cuidadores, imponiendo respeto, creando historias. Si, por fin, era cierto, sería recordado. Merecía la pena. Todo merecía la pena.

Ella dio una última pincelada. Arquímedes O’Shea estaría contento.

  1. Aída Albiar
    Aída Albiar
    at /

    Me ha gustado mucho Alfredo ;D

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