Isis y el velo

Sin duda, los labios de Amanda poseían la extraña cualidad de enfermar a los hombres, volverles locos, ausentes, noctámbulos, bohemios; con sólo un beso, una palabra susurrada o una risa cómplice, barones, mafiosos y buscavidas sin patria sentían hervir la sangre por sus venas y adquirían, sin remedio, una extraña sensación de vacío justo en la boca del estómago.

Solía frecuentar el Revolution, donde, bajo los mejores y más minúsculos trajes de seda, ese tipo de vestido ligero que oculta y muestra con desigual fortuna, dejaba que hombres, invariablemente vestidos de etiqueta, la invitaran a copas dulces y le regalaran joyas terriblemente caras. Y todo eso sin ni siquiera abrir sus finas piernas o permitir contacto alguno más que alguna caricia, leve y lujuriosa.

Ella era la promesa del placer, la invitación a la lascivia, el deseo, el preludio inevitable de una erección dolorosa; ella era todo eso y más, la idea misma del pecado, la avaricia de los hombres.

En aquellos tiempos yo era un esclavo. Mi amo, un americano rico que ejercía de vagabundo andrógino, maestro de ceremonias, ocultista ocasional y hedonista redomado, frecuentaba los peores locales de Paris en busca de emociones fuertes, retos a su intelecto, carne que dominar o, si nada de lo anterior lograba satisfacerle, láudano, morfina, cocaína, drogas sin nombre y, en casos extremos, venenos suaves como terciopelo.

Amanda entraba dentro de todas las categorías anteriores, las unía y transformaba, las sublimaba como una maestra de la alquimia, conseguía la amalgama imposible; ella era el elixir del filósofo, la gran obra.

Así que cuando la secuestré, ebria de Moët y sueños, procuré seguir las antiguas normas y no tocarla con las manos desnudas; me comporté como un perfecto caballero, traté, con la experiencia que brindaban los años, que la sangre vertida al cortar el cuello de su acompañante no le manchara el vestido. Ella se dejó llevar, ni siquiera se puso nerviosa cuando la acomodé en la parte trasera del Rolls.

—Muestras respeto —fue todo lo que dijo—. Me gustas.

Estaba borracha. Pero aún así su voz me secó la garganta. Seguramente, si yo fuera otro hombre, habría intentado violarla allí mismo. Pero mi anterior amo, un joven jeque, celoso de sus cien mujeres, ya había solucionado el problema con cierto conocimiento oscuro, habilidad y cirugía. Sonreí con tristeza y ella no volvió a hablarme.

La casa de mi amo en Paris estaba rodeada por un jardín de primavera, blanco y virginal, de flores efímeras y olor a especias. Como todos los americanos de la época, se declaraba amante del arte, fuera cual fuera, y por esa razón había colocado entre los árboles obeliscos egipcios, desnudos renacentistas, gárgolas grotescas y delirios surreales. Las medidas y disposiciones de la casa obedecían a cifras sonsacadas a magos racionalistas, confiando en obtener, de esa forma, la protección necesaria. Decía poseer un laberinto de la mente, un mapa de la plástica y el sexo, una senda entre la realidad y el sueño, la verdadera morada pitagórica donde se podía escuchar la música de las esferas; sin duda delirios de un arquitecto fracasado.

Detuve el coche frente a la puerta principal. Mi amo estaba allí, esperando, adecuado y decadente, enfundado en su batín color sangre, recién afeitado su ridículo bigote y repeinado a la moda de los últimos bon-vivants. Mantenía un cigarro mentolado siempre encendido en la comisura de los labios, el humo perfumado se mezclaba con el agradable olor de los jardines. Abrí la puerta del Rolls y Amanda, descalza, con los zapatos de tacón imposible en la mano, descendió al suelo de gravilla mientras la luna, una luna gorda y preñada, redoblaba sus esfuerzos por fabricar penumbras.

El amo sonrió, retiró el cigarro de sus labios y acudió al encuentro de Amanda; recogió su mano y estampó en ella un beso sin demasiada gracia. Ella, simplemente, continuó hacia la casa, haciendo caso omiso de las pequeñas piedras que arañaban sus pies.

El amo la siguió y sus palabras, llenas de lisonjas, mentiras y promesas, se perdieron, ahogadas al encender de nuevo el motor del coche.

*

Según el amo, existían dos niveles de realidad en el mismo mundo. La mayor parte de los hombres malgastaban sus esfuerzos en los placeres mundanos, pero ni siendo el magnífico pecador que él creía ser, su dicha era completa. Sentía que le faltaba conocimiento, comprensión; sólo a través de la morfina decía arañar el velo. Así lo llamaba en sus delirios. La frontera entre lo efímero y lo eterno, entre la carne y el alma, la caricia y el orgasmo.

Algunas noches, esas en las que sentía la desesperación corroerle por dentro, me obligaba a golpearle, a sangrarle, a llevarlo al límite de la experiencia vital. Bajo sus camisas de seda y pantalones de línea marcada, todo eran cicatrices ganchudas y manchas de quemaduras. Se consideraba a sí mismo una obra de arte, un explorador de los sentidos, el único hedonista disciplinado; Hermes Trimegisto reencarnado y doliente.

Sin embargo, y pese a sus esfuerzos, el velo seguía ahí, ocultando la verdadera naturaleza del placer, sofocando sus orgasmos y atenuando el efecto de las drogas. Sabía que le faltaba un elemento, un catalizador, necesario para acceder, para eliminar la barrera.

Amanda, en toda su gloria mistificada y delirante, se le apareció entre las nieblas del night club, arropada por el aura de las vestales, a la vez entre dos mundos, como una hermosa esfinge conocedora de los enigmas secretos. Ella era lo que necesitaba.

Aunque el amo desconocía las verdaderas tradiciones, yo no podía, de forma consciente, provocar su desgracia. Por eso rendí la sangre de un inocente y mantuve a Amanda inmaculada en su viaje hasta la casa, por eso ni siquiera la toqué. Al ver cómo el amo besaba su mano, supe que estaba condenado; al fin y al cabo cada hombre es dueño de su destino.

Tras guardar el coche, acudí a la gran biblioteca, orgullo de la casa. Amanda estaba sentada, minúscula, en uno de aquellos enormes sillones de cuero, apropiados para banqueros gordos de hígado enfermizo. El amo argumentaba sus propósitos dibujando en el aire senderos quebradizos con una copa de coñac, definitivamente borracho.

—Belleza, la belleza de una estrella, brillante pero esquiva —decía—, que aparece y desaparece del ojo humano, pero que sigue ahí, mostrándose desde el principio de los tiempos, ajena a dioses y hombres, elemental, primaria. Como tus ojos, igual de fríos en la distancia, pero, por naturaleza, incandescentes.

—Está usted loco, señor —contestó Amanda—. Le agradecería que dictara a su criado las órdenes pertinentes para mi regreso.

El amo sonrió.

—Él no es mi criado —aclaró—, es mi esclavo. Y obedecerá ciegamente hasta la última de mis locuras —se giró hacia mí y, tras apurar la copa, sonrió—. Mancíllala —ordenó—, tócala como nadie lo ha hecho nunca. Destruye la pureza, que lo antinatural crezca y veamos si la blasfemia rasga el velo.

Obedecí. Ella no era más que una niña a mi lado, su piel blanca, cristalina, servía de contraste a mis antebrazos negros como el carbón. Apoyó la cabeza bajo mi mejilla y pasó el brazo tras mi nuca mientras yo, odiándome, buscaba senderos nuevos en su vientre, bajando la mano más y más abajo, hasta sentir su sexo, vértice creador; su pecho subía y bajaba acalorado, la sangre acudió a sus mejillas, los pezones se sonrosaron coronando la excitación. Entreabrió los labios. Gimió.

Éramos ángeles sucios, sin alas, avatares, peones de dioses superiores suspendidos entre los mundos. Por un momento fuimos arte, cuadro, tapiz, escultura.

El velo se rasgó sin más noticia que la de un parpadeo, dejando pasar la luz de la luna, transformando la realidad en un punto fijo, convirtiéndonos, amantes imposibles, en ángulo abierto del que nacía el resto de la creación.

Ella era Isis desvelada y yo un esclavo, pero nunca, en mis años de existencia, me había sentido tan libre.

Las proporciones pitagóricas de la casa se abrieron, mostrando escaleras hacia las doce casas celestes y treinta puertas que daban a las antiguas provincias de Egipto. Detrás de cada una de ellas se oía rugir a un dios enfadado.

El amo gritó atemorizado. Sin duda imaginaba una realidad menos carnal que la que se avecinaba. Amanda, Diana, Isis, Madre, nueva y vieja diosa, abandonó mi abrazo y miró, con sus ojos de noche, la necesidad corrupta que animaba el alma de aquel hombre infeliz.

—El velo —logró balbucear—, ¿ha caído? No siento nada, nada en absoluto. ¡No puede ser así!

Isis desvelada levantó la mano, extendió su palma hasta el pecho del amo y lo atravesó sin esfuerzo. Le arrancó el corazón, palpitante, hinchado por venas negruzcas, y frotó con él su rostro, sus pechos, experimentando el mayor de los placeres mientras el hombre se consumía entre espasmos de dolor.

Tras un ligero mordisco, la diosa me entregó la víscera, todavía caliente.

—Eres libre, Djinn —dijo, obsequiándome con una sonrisa—, puedes ir donde quieras. Gracias por respetar las viejas tradiciones.

—Ha sido un placer, mi diosa.

El velo había caído, pero la noche lo traería de nuevo. Madrugadas como aquella traían malos sueños que los hombres jamás lograban olvidar, pesadillas sin nombre, como yo mismo era.

Ella abandonó la casa, caminando descalza entre añoranzas y oscuridades, por encima de penumbras, acompañada de duendes. Yo me quedé allí, contemplando los restos mortales del que había sido mi último amo. Recordaba bien cómo, mediante engaños, había averiguado mi verdadero nombre y atado a él su voluntad. Me había arrebatado el desierto, las estrellas, el sol ardiente y la noche helada.

Poco a poco volvió la realidad, desvaneciendo la ilusión de tabla esmeralda, de magia única, en que se había convertido la mansión. Desaparecieron las antiguas sendas, las puertas, los pasadizos. Contemplé el cuerpo de mi antiguo amo sobre el mármol enjaezado, inerte, frío, aparentemente tan lejano.

Invoqué su Ka, reviví el cadáver, recreé su mente.

—Existen otras formas de rasgar el velo —le dije, mostrando los dientes, de nuevo largos y afilados—. Exploremos juntos —le propuse, desgarrándole el muslo derecho con mis garras—, la eternidad, la blasfemia y lo imposible carecen de sentido sin perspectiva. Ahora tendrás esa perspectiva. Cada noche.

Su mirada se torció de puro dolor, vació la vejiga de forma involuntaria, trató de moverse sin conseguir más que un espasmo ridículo. Le rompí el cuello como si fuera una rama podrida. Volví a repetir todo el proceso.

Existían tantas formas de rasgar el velo.

  1. Isis « Los monstruos felices
    Isis « Los monstruos felices
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  2. pedro
    pedro
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    Muy interesante y atrapa. Pitágoras y Djinn en un mismo cuento.

  3. Alfredo
    Alfredo
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    Hay que ver lo que consiguió el rolemaster :P

  4. Isi
    Isi
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    Me ha gustado mucho, sobre todo que él fuese un Djinn, muy propio ^_^

  5. Alfredo
    Alfredo
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    Ya sabía yo que a ti te iba a gustar :P

  6. Sr. M.
    Sr. M.
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    Hacía (mucho) tiempo que no leía nada suyo.

    Me regocija su progesión.

    Si quiere, le comento un par de cosas.

    Si quiere.

    PD. ¿Sabe Tejero algo de esto?

    [Aviso para navegantes: No ESE Tejero]

  7. Alfredo
    Alfredo
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    Bienvenido, Señor M :) Me alegro de que le guste. El Señor T. no sabe nada de esto, al menos hasta donde yo mismo sé.
    Y comente, hombre, comente.

  8. Sr. M.
    Sr. M.
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    Supongo que llegados a este punto, no le importará que le llame Sr. A.

    Opino, Sr. A. (y como opino, ejecuto), que al Sr. T. le gustará que saber que todo el tiempo pasado junto a Vd., un servidor y los señores V., C., P., e incluso Ch.*, entre otros, ha dado frutos que todavía perduran. No le atribuyo al Sr. T. (que [aviso para navegantes II] no salía en nunguna serie de los 80) más mérito que el que justamente le corresponde en mi escaso seso.

    Su progresión es admirable, como le indiqué más arriba. Yo sólo matizaría el ritmo narrativo. Si me permite. ¿Ha pensado que quizá si algunas comas (sobre todo en los primeros párrafos) se convirtieran en puntos se ganaría en suspense?. El punto y seguido posee ese valor cinematográfico de cesura continuada (valga), de fundido en negro, de marco de viñeta…

    Es todo, lógicamente, cuestión de opinión.

    * Lamentablemente, nunca tuvimos un Sr. Ñ en nuestras filas y, sin temor a equivocarme, puedo afirmar que el único Z que tuvimos no era precisamente un señor.

  9. Alfredo
    Alfredo
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    Bien hecho, Sr. M. Espero que al Sr. T le agrade también, después de todo, él tiene gran parte de culpa y algo de mérito.
    Tiene usted razón en lo de las comas. Ahora mismo estoy luchando con varias. Por fortuna, parece que ganan los puntos.

    Pd.

    Yo siempre quise tener a un Sr.W en nuestras filas, pese a lo que se comentaba de ellos en la época.

  10. Sr. M.
    Sr. M.
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    Por cierto. Sé que no es el conducto adecuado, pero sepa Vd. que el domingo hemos organizado un brunch en mi casa.

    Acudirá el sr. y la sra. V. y los sres. de Ch.

    Será, como no, a la hora del brunch. En punto.

    Le esperamos.

  11. Alfredo
    Alfredo
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    ¿Será el de usted un Brunch de las 12? ¿O más tardío?

  12. Sr. M.
    Sr. M.
    at /

    Pues si le soy sincero, no estoy seguro de que hayamos quedado a una hora concreta.

    El último brunch que hicimos empezó a las 11:30.

    Bastante y sorprendentemente en punto, a decir verdad.

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