Ínfulas literarias

De un tiempo a esta parte escucho algo que me asombra sobre los libros, un comentario generalizado en el que lo máximo que le puedes pedir a un libro es que entretenga, o que enganche, que no esté mal escrito, vamos, que la literatura -de género o no- es ocio puro, y si una obra cumple con esos parámetros, pues para qué más.

No soy yo quién para quejarme -mi primer libro es pura literatura pulp sin más pretensión que esa, la de entretener- pero me asombra que la exigencia sea tan baja. A una buena obra yo le exijo muchísimo más que me entretenga o me haga pasar dos tardes agradables. Quiero que me transporte, que me haga reir, llorar, amar y soñar, necesito que me desafíe, que me cuestione, que me sorprenda.

Es evidente que sabes muy bien qué esperar con cada libro, incluso antes de abrirlo, pero parece que estamos extendiendo el criterio pulp al resto de libros. Y tampoco es eso. Un libro que sea entretenido sin más es mediocre. Tiene que despertar algún tipo de sentimiento, un mínimo de maravilla.

No se puede esperar tan poco de la vida.

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