A Zombie Christmas Carol (I)

A Zombie Christmas Carol

El viejo Scrooge cerró la puerta tras las espaldas mugrientas de su empleado Cratchit y del tullido de su hijo Tim. Cómo odiaba a aquella sanguijuela, siempre pidiendo y pidiendo, jamás satisfecho con la justa retribución que recibía por su trabajo.

En aquella ocasión hasta había tenido la desfachatez de llevar a su hijo para dar lástima, para apelar a sus sentimientos navideños. Paparruchas, por supuesto, que un perro hubiera mordido al mocoso en la pierna -seguramente por culpa del niño-, no iba a cambiar su balance anual, sus cuentas, sus ajustes.

El viejo apuró una nueva copa de ponche bien cargado de coñac, se arrebujó entre los pliegues morados de su bata afelpada y se quedó traspuesto en el sillón orejero frente a la inmensa chimenea que presidía el salón de la casa.

Scrooge notó un ligero golpe en la cabeza, una leve molestia. Luego otra, y otra más. Despertó a base de collejas y con un humor de mil demonios.

-¿Pero qué demonios? -farfulló, todavía con la babilla entre los labios.

Se quedó mudo. Allí, frente a él, estaba el viejo señor O’Malley, el viejo borracho irlandés que malvivía frente a la mansión de sus padres cuando él era niño. Se frotó bien los ojos y se agarró a los brazos del sillón con todas sus fuerzas.

-Pero… pero… ¡tú estás muerto, O’Malley!
-Es cierto chaval -contestó el irlandés con un amistoso guiño-. Soy el fantasma de las navidades pasadas, y he venido para hacerte recordar… Acompáñame, por favor.

Con un sólo gesto de su mano Scrooge se vio transportado a una noche fría y helada, una noche de navidad como aquella solo que muchos años antes. Contempló el barrio, las viejas casas parecían nuevas y la gente reía alegremente, paseando despreocupada.

-No, no es posible. No puede ser esta noche. No, por favor.

Scrooge había pasado la mayor parte de su vida tratando de olvidar ese preciso momento, esa noche de navidad en que el mundo comenzó a cambiar y que había acabado con su infancia de cuajo.

-Mira, Scrooge. Eres tú. Mira qué bien te lo pasabas jugando con tu perro.

El viejo se contempló en la distancia. Qué pequeño había sido alguna vez, y qué inocente parecía. Su padre esperaba en casa a que volviera y su madre ya había preparado la cena. Lo único que tenía que hacer era dar media vuelta…

-¡Escúchame, chico! -se gritó- ¡Vuelve a casa! ¡Ya es muy tarde!

O’Malley acompañó a Scroge en su carrera hacia su joven yo sin perder la sonrisa, aunque, de fijarse alguien, habría descubierto que había adquirido cierto tinte melancólico.

-No puede oírte, Scrooge. Sólo hemos venido a mirar. A recordar.

El perro lanzó un par de ladridos debajo de un montón de basura. El joven Scrooge se acercó a ver qué pasaba. Apartó unas cuantas maderas y se encontró con un espectáculo sangriento: el viejo O’Malley estaba allí, con el cuello desgarrado de un tremendo mordisco y su perro no hacía más que meter el hocico en la herida. Asustado, se dio media vuelta y huyó. El aullido del perro, acompañando su carrera, sonó como un alarido lanzado desde el infierno.

-¿Nunca te has preguntado qué pasó después?
-Sé lo que pasó, O’Malley. Ellos ocuparon las calles. Ellos se llevaron a mi padre y a mi madre. ¿Cómo olvidarlo? ¿Acaso crees que fueron unos años fáciles? Ahora los jóvenes no saben lo que es encontrarse con esos… esos… monstruos.

El perro se había acercado a ellos y olfateaba el aire con la boca llena de espuma. Scrooge se alarmó y dio un respingo.

-No te preocupes. No puede tocarnos. Es a él a quien busca.

Desde el final de la calle venía silbando un joven de chaqueta marrón y gorra calada. Scrooge creyó reconocerlo, Andy, uno de sus compañeros en la escuela para jovencitos del señor Brown. Hizo un gesto para saludarlo, pero se descubrió a medio camino sientiéndose un poco tonto. El perro, sin embargo acudió a su encuentro meneando el rabo.

-Qué pasa, Sheppy -dijo Andy, reconociendo al chucho-, ¿dónde está tu amo? ¿quieres que te lleve a casa?

Por toda respuesta, el perro se le lanzó al cuello con una rapidez demoníaca. Cuatro bocados después, Andy yacía sobre los adoquines, muerto.

-¿Qué se supone que tengo que mirar? -Dijo Scrooge con los ojos llorosos.
-Esto -contestó O’Malley.

El cadáver de Andy sufrió una ligera convulsión seguida de unos fuertes estertores. Se levantó como una marioneta cuyas cuerdas se hubieran enredado. Los ojos se le entornaban velados y la mandíbula le colgaba mostrando una lengua hinchada. Avanzó un paso, y luego otro, y luego resbaló antes de caer frente a Scrooge; se incorporó de un salto felino, estudiado, con las manos tensas como garras en busca de su cuello. Scrooge trastabilló y lanzó un agudo grito desde lo más profundo de su sillón orejero que resonó por todo su inmenso salón,logrando incluso hacer tintinear la ponchera.

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