Un cuento

He colgado un cuentecillo, Indiferencia como un pecado, en las Páginas del Blog.

“El piso de Ángel era pequeño, sucio y olía mal. No es que fuera demasiado viejo, pero todo en aquel apartamento realquilado parecía desgastado, como si una pequeña capa de suciedad se hubiese infiltrado justo por debajo de la superficie de cada objeto.

Tampoco era grande, ni siquiera mediano; un somier oxidado, un escritorio de contrachapado con las esquinas abiertas, dos estanterías apenas cubiertas con revistas viejas y un tubo fluorescente que iluminaba entre parpadeos enfermizos. La cocina conservaba dos fogones ennegrecidos y una nevera cuyo interior presentaba manchas que Ángel no había logrado limpiar. El cuarto de baño apenas dejaba sitio para una mísera ducha sin plato y un servicio minúsculo, tan estrecho y bajo que para utilizarlo casi había que ponerse de cuclillas.

Unos finos rayos de luz atravesaban la única ventana de la casa, puerta abierta a un callejón abandonado donde los yonquis solían terminar las noches espantando a parejas en busca de rincones oscuros.

A Ángel, sin embargo, no le molestaba nada de aquello. Si acaso el papel pintado, azul en sus orígenes, que acumulaba humedades, cucarachas y diversos insectos. Por lo demás, teniendo en cuenta la miseria que pagaba por aquel cuchitril, era perfecto.

Desde la cama hasta la minúscula televisión que tenia encima del escritorio, todo estaba lleno de cajas. Unas veces contenían ojos de muñeca, otras, tapones para tubos de pegamento. La mayor parte del año contenían bolígrafos desmontados, Ángel se sentaba en la cama y los montaba: cogía el canuto transparente, el tubo con la tinta y la punta, introducía uno dentro del otro, colocaba el pequeño tapón en la parte trasera y, finalmente, cubría la punta con el capuchón correspondiente, rojo, azul o negro. Le pagaban a céntimo la unidad, traían las cajas y se las llevaban. Era el mejor trabajo que Ángel había tenido.

Quizás estaba cómodo encerrado en su apartamento porque odiaba a todo el mundo. Blancos, negros, amarillos, mulatos, mujeres, niños, daba igual. Nadie le caía bien, así como no caía bien a nadie. Ni siquiera a él mismo. Las escasas ocasiones en las que se atrevía a mirarse al espejo detenía la vista, casi hipnotizado, en sus ojos vidriosos, su pelo ralo, la extraña forma desproporcionada de su nariz y en las orejas pequeñas, pegadas por completo a la cabeza, que le daban un aspecto inequívocamente desagradable.

En cuanto al sexo, Ángel se masturbaba a menudo; a veces incluso mientras montaba aquellos bolígrafos. Lo hacía lentamente, sin pensar en nada en concreto. Tiempo atrás había intentado practicar sexo con mujeres reales pero ni siquiera pagando había logrado cierto éxito. Llegado un momento tuvo que decidir entre las mujeres y el vino. El vino resultó más barato.”

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