Bajo un techo de estrellas (I)

Zafón saca nuevo libro. ¿Qué cómo lo sé? Pues a decir verdad no he visto un solo anuncio en televisión, ni una cuña en la radio, ni un banner en la web; ni siquiera gracias al periódico, nada de nada. Nothing. Rien.
Eso, claro, no quiere decir que no se hayan emitido o publicado, simplemente señala que yo, personalmente, no soy el target principal de ese libro y los publicistas lo saben bien. En realidad hace meses que ya sabía cuándo iba a salir el libro, sobre todo gracias a la noticia de la extensa tirada, casi un millón de ejemplares, que iba poner la editorial en escaparates, lineales y debajo de cada piedra, nenúfar o rana encantada.
Pero la primera noticia física, la de ya está en la calle desde hoy, la noté ayer en el autobús mientras un escalofrío me recorría la espalda. Diez mujeres de entrada la cincuentena sentadas en comando en la parte trasera del autobús agitaban orgullosas sus bolsas del Corte In****, dentro de las cuales guardaban sus flamantes ejemplares zafonitas.
Con esto no quiero decir que Zafón escriba para mujeres cincuentonas, San Best Seller me libre, pero sí que me llamó la atención. Lo del escalofrío es algo totalmente irracional, lo reconozco, poco tiene que ver con el libro de Zafón y más con ver a diez señoras cincuentonas sueltas en el autobús a mi alrededor.
A diferencia de otros, cuando viajo lo hago escuchando música, así que me privo voluntariamente de ese filón para los escritores que son las conversaciones en el transporte público. A mí, personalmente, me gusta más observar, será porque tengo alma de voayeur, o tal vez sea que me molesta tanto chillido y tanta conversación de móvil. Leo que en Londres van a prohibir el móvil en el metro. Vaya, justo cuando lo van a dejar en el avión. ¿Alguien más ve en esto un extraño círculo vicioso?
Zafón. Hablaba de su último libro. Como el anterior, y creo que todos los juveniles, es un libro de literatura fantástica. Con todas las letras vaya, que se sepa. El libro de más tirada en Españñña es de temática fantástica. Como lo que escribe Somoza o Pío Moa, vamos. Como lo que tratamos de escribir un puñado de chalados. Como el Último Catón, que a tanta gente gusta y sonríe al decirte que es novela histórica.
Resulta extraño, entonces, que cuando hablas de lo que escribes te miren raro. Da la impresión que el prejuicio está ahí, latente, más por desconocimiento, o miedo a reconocer que en realidad lo que les gusta leer es fantástico, o maravilloso, o realismo mágico, o literatura conjetural; ya lo decía con acierto el Bardo Dantés: Tiene nombres mil, tiene nombres mil, el miembro viril…
No es una queja, es una nota. Que nadie llame a la Buahmbulancia todavía. Yo lo tengo muy claro. Cuando mi tía la del pueblo, que arrastra más de ochenta años a la espalda y sigue leyendo lo que pilla, me vuelva a preguntar por enésima vez qué es lo que escribo, le diré, alzando un poco la voz para sortear su sordera:

-Tía, como Zafón. Escribo lo que Zafón. Pero con sangre y más tetas.

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