Minicuentos navideños

El verdugo acabó regalando lo de siempre: un golpe limpio y seco. Nunca obtuvo un gran aguinaldo.

Nunca supieron qué olor les alertó antes, si el de carne quemada o descompuesta. Lo cierto es que la franela roja ardió con un humo desagradable al encender la chimenea.

El segundo corte llegó hasta el hueso. Después de todo, nunca había querido llamar la atención, ni siquiera en fiestas tan señaladas.

La niña dejó entre las manos de su difunto padre una serpentina de colores. Horas más tarde, a seis pies bajo tierra, alguien murió atragantado entre sonoros pitidos.

El regalo para la policía fue dividido en dieciseis paquetes de distinto tamaño y peso. La nota adjunta decía “Jack os desea Feliz Navidad”

Era un envolotorio perfecto, ajustado, sin apenas dobleces o burbujas de aire, coronado por un precioso lazo azul eléctrico. Dejó de respirar a los dos minutos.

Enterraron al suicida fuera del camposanto. En nochebuena siempre había sido de los de dar de comer aparte.

-¿No la escuchan? ¡Está ahí! -dijo el enfebrecido asesino, levantando la tabla del suelo que ocultaba, a los ojos de los policías, la ensangrentada campana que el viejo Klaus utilizaba para atraer a los niños.

-Feliz navidad, cariño -dijo el hombre malcarado al abrir el congelador.
-Y próspero año nuevo -contestó su víctima, antes de arrastrarlo camino al infierno.

Ningún vampiro bailó en nochevieja bajo la bola de espejos.

No todas las galletas de exploradora saben a pollo.

La banshee tuvo un detalle con el viejo Shamus al cantar un villancico la noche antes de su muerte.

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