Ser escritor

Qué decir, de verdad, sobre este oficio, amargo a veces, más una condena en ocasiones que una verdadera ocupación. Los que llevan en esto más tiempo, de vuelta ya, veteranos curtidos en galeras y galeradas, luchadores, algunos del espacio y otros no, te lanzan media sonrisa y entornan los ojos de forma melancólica cuando les hablas de tus proyectos, nuevos sueños, deben pensar, ilusiones que pronto se encontrarán con todos los obstáculos, baches, trucos y artimañas, que en el mundo de la literatura pugnan por comerse el ímpetu de los noveles.

Pasa el tiempo y siempre se avanza. Supongo que es el truco, no dejarse amilanar ni contagiarse. Hacerse fuerte en el rincón más duro de nuestro ego, enorme pero voluble, y esperar. Esperar. No recuerdo quién dijo que era la mayor parte del trabajo de un escritor. Más que el dedicado a tener la idea, escribirla, reescribirla, corregirla y desesperarse con ella. La espera es la que al final distingue a los corredores de fondo.

Es desesperante y hermoso, es frustrante y genial. Ser escritor y poder decirlo. Aunque luego siempre, siempre, te miren raro.

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