cuento

Proyectos en marcha: Lunarias ilustrado

Lunarias es una de las antologías de las que me siento más satisfecho. Pese a las dificultades de distribución, el libro llegó a bastante gente y las críticas han sido, en su mayoría, bastante favorables. Sin embargo, desde su publicación siempre me quedó la espinita clavada de preparar una edición ilustrada. Han pasado los años y por fin he encontrado a alguien cuyo estilo dibujando se adapta como un guante a mis minicuentos en Lunarias. Llevamos (lleva) un tiempo trabajando en ello (esto es un proyecto que todavía no sabemos cómo terminará) pero no puedo resistirme a poner alguna de las ilustraciones que Litos está terminando. Aquí os dejo con una pequeña maravilla. Espero que os guste.

Lunarias

Pequeña Nueva Inglaterra con Ediciones del Cruciforme

Pequeña Nueva Inglaterra

La playa de Innsmouth un verano cualquiera

Ahora que Lovecraft está de moda para muchos, aunque en el fondo de mi cabeza lleva dando patadas para liberarse desde que tengo 14 años, no podía dejar pasar la oportunidad de escribir unos cuantos microcuentos dedicados al maestro de lo ignoto, el gurú de lo incognoscible y el campeón de la neurosis. Pequeña Nueva Inglaterra es un diminuto compendio en el que trato de dar un escueto repaso tanto a la vida de Howard Philips como a dos elementos clave en su obra: los pueblos de Nueva Inglaterra, sus mansiones y tradiciones oscuras, así como sus monstruos decadentes, incluyendo a los dioses primigenios.

El resultado es un pequeño tomo que Santiago Eximeno ha publicado en su excelente y minúscula editorial, bajo un curioso sistema: la edición está limitada a 111 ejemplares electrónicos a un precio más que redondo: 0.89 euros. Una vez se vendan todos los ejemplares, la obra pasará a ser CC y de descarga gratuita. Así que ya sabéis, no es que os lo vayáis a pasar bien con estos cuentos, es que le hacéis un favor a todos aquellos que leerán la antología cuando sea libre.

En un local de Nueva York, donde solo se puede entrar a través de la más selecta invitación, las élites decadentes disfrutan de un sushi delicioso y exótico de poderes afrodisíacos. En el almacén, tras la cocina, los profundos, seriamente mutilados, gorjean mientras esperan al hombre de los cuchillos.

Más información en PEQUEÑA NUEVA INGLATERRA.

Madera de ataúd: Cuento gratis en EPUB

Madera de ataúdProbando con los nuevos formatos y mirando como se maneja el Sigil para hacer nuevos ebooks desde cero, he comenzado a trabajar con algunos viejos cuentos que siempre me han gustado. Madera de ataúd está relacionado, en cierta manera, con toda la documentación que leí sobre los inicios de la fotografía para Memento Mori. La idea, creo recordar, era hacer una especie de fix-up con varios relatos con cierta cámara “maldita” como hilo conductor. De toda esa idea sólo queda este pequeño cuento de terror fantástico con nazis. ¡NAZIS! Ya os lo estáis descargando.

Descargar: Madera de ataúd (EPUB)

Ignotus 2008

Quién me iba a decir a mi que ese cuento inacabado, que casi había dejado por imposible, y que colgué en el Blog sin esperanza de continuidad, llegaría a ser uno de los nominados al Ignotus. Claro que la culpa de todo esto la tiene Santi Eximeno, que decidió seguir allí donde yo no veía nada. La Apertura Slagar nominada a mejor cuento nacional. Acohonante.

Por otro lado, seguimos ahí con La legión del espacio, este año con nuevos competidores. Ya era hora. A ver qué pasa.

Madera de ataúd

Veinte marcos era cantidad suficiente para que Klaus y Heinrich hicieran la vista gorda en su ronda por el cementerio, ataran los perros dentro de la casucha que usaban como garita, y apagaran los fanales que apenas iluminaban tumbas viejas y cuatro panteones que ya nadie visitaba.

Faruk dejó el dinero junto a la cancela de la entrada y esperó con impaciencia, oculto tras su abrigo de paño y sus gruesas gafas redondas. La nieve se levantaba casi un palmo del suelo y la noche no había hecho más que empezar. En un par de horas la humedad del Danubio cubriría Viena de una niebla espesa, momento ideal para aquellos que, como Faruk, gustaban de hacer negocios que preferían guardar en secreto. La puerta del cementerio se abrió un par de palmos dejando un rastro de óxido sobre la nieve e invitándole a entrar.

Hizo una seña a los dos muchachos que esperaban en su carro para que se acercaran. Vestían con harapos y no habían comido nada caliente desde los tiempos del Profeta. Eran la mano de obra perfecta para el trabajo que le habían encargado, dispuestos a todo, sin remordimientos, sin hablar una palabra de alemán.

Los tres hombres, pala en mano, caminaron ente las filas de tumbas decoradas con ángeles, vírgenes y cruces de mármol, dejaron atrás la zona de los ricos y los burgueses, rodearon aquellos lugares donde las lápidas estaban limpias o cuidadas. La luz desapareció hasta que Faruk encendió un pequeño fanal, su luz amarillenta se difuminó en la niebla que ya había llegado hasta ellos, caminando como un fantasma sigiloso.

-¿Cavamos ya, Faruk? -dijo uno de los muchachos.

-No, un poco más al fondo. Avanzaremos hasta llegar al muro. Allí está la tumba que nos interesa.

No era la primera vez que Herr Maier le encargaba a Faruk un trabajo de esas características, aunque la mayor parte de las veces había sido más concreto; el encargo más habitual era el de la mano de un asesino, los dedos de un estrangulador y, en ocasiones, la lengua de una mujer o la mortaja de un niño. Lo que hacía aquel viejo siniestro con sus peticiones no le importaba a Faruk, después de todo no era el peor de sus clientes. Por lo menos Herr Maier sólo se dedicaba a los muertos. No como otros.

Aquella noche, nevada y arisca, le había dado instrucciones concretas. Faruk las llevaba anotadas en un trozo de papel en el bolsillo. Llegaron al muro sur, el robatumbas levantó el fanal sobre su cabeza y observó con ojo experto cuatro lápidas tumbadas llenas de musgo y malas hierbas. Descartó las dos primeras y se agachó junto a la tercera. Limpió la superficie de piedra para leer el nombre y poder compararlo con sus anotaciones.

El nombre tallado era el mismo. Caspar von Schadow.

-A darle a la pala, chicos. Cuanto antes terminemos, antes iremos a llenar la panza.

Hablar de comida siempre daba resultado. Pronto la tumba estaba de nuevo tan abierta como el día del entierro. Faruk bajó al fondo del agujero palanca en mano. De un par de golpes y un estirón que sólo los años de práctica podían enseñar, retiró la tapa del ataúd, que se conservaba sin signos de podredumbre o carcoma.

Del cuerpo sólo quedaban los huesos, y de tan antiguo que era ni siquiera olía a podrido. La mortaja apenas se distinguía casi convertida en polvo. Lo único que le llamó la atención a Faruk fue lo que el muerto tenía entre las manos: dos pinceles. Pero Herr Maier había sido concreto en cuanto su petición, quería dos cosas: La calavera del muerto y la tapa del ataúd. Nada más. Así que Faruk agarró el cráneo pelado y sonriente de Caspar Schadow y lo metió en un saco que llevaba atado al cinto. Salió de la tumba y, con la ayuda de los dos muchachos, subió la pesada tapa de madera. Luego no hubo más que rellenar la tumba de nuevo. No se preocupó mucho en dejarlo todo como estaba, después de todo, nadie visitaba esas tumbas. A menos que fuera con el mismo propósito que le había movido a hacerlo aquella noche.

Los dos muchachos levantaron la tapa y caminaron hacia la salida. La verdad es que era la primera vez que alguien le pedía al Turco algo así, aunque en ocasiones sí que había recogido la tierra bajo un ahorcado por orden de ciertas mujeres. Los infieles de Viena tenían extrañas costumbres.

Una vez la tapa estuvo en el carro, la lona cubrió herramientas y mercancía, y los muchachos subieron a la parte de atrás, Faruk puso rumbo a la mansión de Herr Maier. Confió en que el frío y la niebla estuvieran de su parte, alejando a alguaciles y curiosos de su camino. El anciano vivía en una zona donde los turcos como él no eran bienvenidos, así que se caló bien el sombrero y subió la bufanda hasta cubrirse los morros. El viejo caballo se arrastró sobre los adoquines mojados sin demasiadas ganas.

La puerta trasera de la mansión, la que daba a las cocheras, estaba abierta. Faruk entró el carro y esperó. Las luces de la casa estaban encendidas esperando su llegada. Mientras los dos chicos descargaban la tapa, Faruk se encendió un cigarro negro. Antes de que pudiera darle dos caladas Herr Maier y su ayudante, un alemán con la cara picada de viruelas, bracicorto y de pocas luces, se acercaron para contemplar su pedido.

-Veo que todo ha salido como esperábamos -dijo el anciano. Pese a la edad seguía siendo un hombre grande, más que Faruk, de unos ojos tan grises que asustaban por su frialdad.

-Siempre lo mejor, para mi mejor cliente. Aquí tenéis lo que pedisteis, mein Herr.

Faruk sacó de entre los pliegues del saco la calavera en cuestión y se la entregó al anciano. Éste la cogió con extremo cuidado y acarició el hueso con cierto cariño.

-Entre todos los que la visteis, tu siempre has sido mi favorito -dijo Maier, de forma enigmática-, es una lástima que ni muerto puedas escapar a tu destino.

El ayudante del anciano guió a los muchachos, cargados con la tapa del ataúd, hasta el interior de la casa. Herr Maier extendió una mano llena de billetes hacia Faruk pero, justo antes de que el turco cobrase su recompensa, levantó el brazo poniendo el dinero fuera de su alcance.

-Aquí hay doscientos marcos, Faruk. Más que suficiente por el trabajo de esta noche. Pero hay algo más para ti, si es que lo quieres. Diez veces esa cantidad.

Eso era mucho dinero. Demasiado para un asunto de cementerios. Faruk lo sabía. Dos mil marcos era incluso más de lo que se pagaba por una puñalada a traición o un viaje sin retorno hasta el fondo cenagoso del Danubio. El viejo Herr Maier tenía un nuevo secreto.

Faruk asintió. El anciano bajó la mano y le entregó su bien merecido dinero. Luego, entre niebla y penumbras, el turco palideció al escuchar las palabras de Herr Maier, dos mil marcos no iban a ser suficientes para limpiar sus pecados. Pero al menos le comprarían una esposa nueva.

****

Las manos del anciano no eran tan precisas como antaño, sus ojos apenas le llevaban de una veta de la madera a otra; el pulso podía traicionarle en cualquier momento y echar a perder el trabajo que le había encargado la Orden de Thule.

Dieter, su ayudante, había serrado con limpieza la tapa del ataúd, separado los tablones que necesitaba para el armazón y limado los clavos para quitarles el óxido de un centenar de años. Nada más tocar la madera, Maier lo había notado, podía sentir el calor, la sutil magia que había quedado atrapada día a día en aquel ataúd, última morada oscura de un pintor luminoso. Quizás por eso le gustaba más que otros románticos, Schadow siempre buscaba un contrapunto, una luz diáfana que asomaba entre las nubes. Tenía la mirada. Por eso acudieron a él.

Contempló la calavera que tenía sobre la mesa. Las cosas que habían visto aquellos ojos ni tan siquiera podía imaginarlas, pese a recordar trazo a trazo sus mejores pinturas. Incluso aquellas en las que había recreado las ruinas del castillo de Welwelsburg, destruidas por orden directa del Kaiser antes de la guerra.

Construyó el armazón de madera necesario, una caja rectangular de apenas cuarenta centímetro a lo largo y veinte de alto. Era el corazón alrededor del cuál haría falta pulir, cubrir y añadir material hasta realizar el encargo que le había hecho Dieckmann en persona antes de volver a Berlin. Una cámara de cine.

Talló la madera con exquisito cuidado. Sabía qué palabras necesitaban, qué nombres inscribir en la caja. Iban a necesitar a todos aquellos que habían visto a la Señora. Dieter fundió los clavos una vez limpios de óxido. Con ellos Maier esculpió los herrajes necesarios para la cámara, tanto los engranajes para el paso del film como los cierres delanteros y las hormas para las lentes.

Acopló la manivela que ponía en marcha el mecanismo de la cámara y probó que el sistema funcionara. Con cada paso de vuelta podía escuchar lamentos y quejidos, voces de condenados, súplicas, maldiciones. La esencia estaba allí. Esperando como lo había hecho durante tanto tiempo.

Le preocupaba que consiguieran el material necesario para el film. Murnau había decidido encargarse personalmente de su preparación y Maier dudaba de su capacidad. El secreto que había rodeado a la composición exacta de las pinturas y la elaboración de lienzos para captar la Imagen de la Señora se había perdido. Según Dieckmann, Murnau había oído rumores provenientes de París, historias sobre fotógrafos que habían conseguido fijar el momento en sus cámaras. Hacerlo en movimiento sería otra cuestión, de ahí que necesitaran desesperadamente aquella cámara.

Cubrió la madera con cuero obtenido gracias a un antiguo encargo de Faruk. Preparó los herrajes y el trípode. Dentro de la caja no había luz, incluso dejándola abierta la oscuridad se adueñaba de aquel instrumento, dificultando cualquier posible rodaje. Era necesaria la luz, y no una cualquiera.

A los dos meses de comenzar su trabajo, Maier salió de su mansión, la cual rara vez dejaba, para acudir al barrio de los artesanos, donde le esperaba el mejor vidriero de Viena, al que hacía más de un año había encargado la más delicada de las partes de su trabajo: las lentes de la cámara.

Ben Simón recibió a Maier en su casa, no en la tienda, llena de espejos, lupas de aumento, bisutería y vidrieras tintadas. Hasta cierto punto, eran colegas. Respetaban el trabajo del otro, cada uno en su propio campo de la Gran Obra. El artesano sirvió té amargo para él y para Maier.

-Sin duda, el encargo que me hizo, Herr Maier, ha supuesto todo un desafío. Sus instrucciones en cuanto a diámetro, grosor, ángulo y pureza se han seguido con absoluta precisión. Espero que esté contento del resultado.

Ben Simón abrió una pequeña caja de metal. Dentro, sobre un lecho de paños de algodón, descansaban las dos lentes. Al recibir la luz del día brillaron con vida propia, reflejando un sinfín de colores irisados y cambiantes. Maier no tocó los cristales por miedo a que una simple huella desvirtuara aquella perfección. Antes del último proceso todo tenía que estar en condiciones perfectas.

El anciano cerró la caja metálica y se la pasó a su ayudante. Miró a Ben Simón. Sabía que esperaba su pago con ansiedad. Después de todo, y en cierta manera, le pertenecía más a él que a sí mismo. Sacó de un bolsillo un fragmento de pergamino y lo dejó junto a la taza de té. Sólo había escrita una palabra, pero era el cómo se había escrito lo que hacía de aquel fragmento algo tan valioso.

-Vida -dijo Maier, esbozando una media sonrisa-, no hay mejor regalo. Espero que le de usted mejor uso que su colega de Praga.

El artesano recogió el papel con devoción. Cómo había llegado a manos de Maier era lo de menos. Ahora la palabra era suya. Todo el trabajo del último año había valido la pena.

En la mansión, Maier comprobó que la lentes cumplieran los excepcionales requisitos que había exigido de Ben Simón. En otro tiempo las habría tallado él mismo, pero en su estado apenas podía trabajar con materiales como madera o piedra. Y las lentes tenían que ajustarse al milímetro. Encendió una vela y, sujetando la lente con uno de los paños de algodón, acercó el cristal a la llama. La habitación se iluminó de una tonalidad amarillenta y cambiante hasta el último rincón. Al retirar el cristal, todo volvió a su habitual penumbra.

La sonrisa acudió a su rostro mientras guardaba la lente. Era lo que necesitaba para que la luz llegar dentro de la cámara. Pero de todas formas, nada de todo lo que había hecho tendría sentido sin el último ritual. Las lentes dejaban pasar la luz, sí, pero nada más. Y lo que tenían que captar iba más allá de la imagen, era la misma esencia de la Señora la que tendrían que ser capaces de atrapar fugazmente. Y para eso hacía falta algo más, una cierta simpatía entre materia y espíritu.

Apenas faltaban dos noches para la última luna llena del año. Las instrucciones que le había dado a Faruk eran casi tan precisas como las que había escrito para construir las lentes. A su forma deforme y cruel, el turco era también un artesano. Y no podía pedir a nadie mejor para honrar a la Señora.

***

La primera mujer fue fácil de encontrar. Según Herr Maier tenía que ser gorda, de caderas anchas y pechos que rebosaran. Así que Faruk visitó un burdel barato tras otro hasta que encontró a una que se adaptara a esa descripción. Le dio de beber un par de noches para ganarse su confianza y luego, tras pagarle un servicio nocturno, ella aceptó acompañarlo a su casa. Se creía con suerte, la muy idiota. Cuando la metió en el viejo almacén donde guardaba su mercancía lo único que buscó fue un lugar donde apoyarse para abrir las piernas.

Con una daga plateada y finísima que el anciano le había entregado, le rebanó el cuello. Estaba tan borracha que ni llegó a chillar. Se desangró con rapidez y luego, una vez bien muerta, mandó a uno de sus chicos a casa del anciano.

Dieter llegó casi de madrugada. Dejó sus ropas plegadas en un pulcro montón, quedándose sólo con un maletín de cuero de aspecto envejecido. Por muy ayudante que fuera de Herr Maier, no se fiaba de él. Apenas hablaba y su mirada parecía velada por una capa lechosa. Sacó del maletín un instrumento afilado, como una navaja fina y sin mango, y dos tarros grandes de cristal.

Vació a la gorda poco a poco y se llevó su grasa en los frascos, dejando menos que un cadáver, si acaso un amasijo de vísceras, huesos y tendones, esparcidos sobre el suelo. Pese a todo, no era lo peor que Faruk había visto. Y, además, toda carne se podía utilizar.

La lista de Herr Maier no terminaba ahí. Durante la semana siguiente, Faruk buscó una joven como la que tenía marcada en sus notas. Una que pudiera ver más allá, que escuchara voces, fuera adivina o echadora de cartas. Afortunadamente para él, los zíngaros iban y venían de Viena sin descanso y sus mujeres, a parte de deslenguadas y fogosas, tenían a bien mostrar la mayoría de esos dones. Para su desgracia, los zíngaros era hombres celosos que vigilaban más que bien a sus esposas.

El turco era hombre de recursos. Una vez supo del paradero de una zíngara echadora de cartas, cuyo poder había sido demostrado en más de una ocasión, decidió reunir una cuadrilla de hombres sin escrúpulo alguno para que le ayudaran.

Le costó quinientos marcos, pero cuando abandonaron el campamento zíngaro, que se consumió en llamas tan altas como las del infierno, una joven de ojos verdes, atada y amordazada, se debatía indefensa en la parte trasera de su carro. Cuatro zíngaros de su familia murieron defendiéndola.

No la violaron, Faruk se encargó de eso a base de patadas e insultos, puesto que sabía el gusto por los objetos en buen estado de Herr Maier. Dieter, de nuevo, vino para hacerse cargo de la parte técnica. En esa ocasión tan sólo utilizó unas pinzas metálicas, más largas y finas de lo normal. Arrancó los ojos verdes de la joven zíngara y los guardó en un tubo que olía a alcohol.

Nada más irse el ayudante del anciano, Faruk dejó que los hombres la violaran. Pasó la noche y antes de que saliera el sol decidió reunirla con sus hermanos muertos. Le atravesó el corazón con un cuchillo propio. El de Herr Maier sólo debía usarse según sus instrucciones. Abandonó el cadáver cerca del río, consciente de que una zíngara muerta no le importaría a nadie.

El resto de la lista era menos exigente. Mujeres jóvenes, sin importar condición, belleza o virginidad. Y así Faruk, oculto en el invierno nevado y en las nieblas de madrugada, sembró la vieja Viena de un terror desconocido. Los periódicos dieron cuenta de las desapariciones de muchachas, la policía inició sus pesquisas. El monstruo de Viena, decían los titulares. Para Faruk no era más que otro negocio sucio del que encargarse.

Deshacerse de los cuerpos tras las visitas de Dieter, el cual extraía o sangraba a las muchachas según cada una, se hizo más complicado. El destripador, pasaron a llamarle al encontrar más cadáveres, todos horriblemente mutilados de una forma que recordó a los expertos ciertos asesinatos de prostitutas, tristemente famosos.

Corrieron rumores, se recibieron cartas en las redacciones atribuyéndose la autoría de las muertes, la policía detuvo a homosexuales y a pordioseros. Se decretó el toque de queda, pero ya era demasiado tarde. Faruk completó el pedido de Herr Maier siguiendo sus instrucciones: la última joven fue degollada la noche antes de la luna llena. Dieter la colgó boca abajo de una columna, realizó cuatro incisiones en muslos y cuello, introdujo en las heridas unos largos tubos flexibles y esperó a que se desangrara por completo.

El ayudante recogió los viales donde había guardado la esencia de la mujer, todavía caliente. Los dispuso en la parte trasera del carro y volvió a entrar en el almacén de Faruk. El turco sonreía, con los dientes ocultos por un gran mostacho negro y lacio. Sus ojillos brillaron tras las gruesas lentes a la espera de cobrar su recompensa. Dieter tenía instrucciones precisas. Sacó del maletín una pistola, la Luger que conocía tan bien, y disparó sobre el rostro sorprendido del turco, atravesándole el cráneo y esparciendo sus sesos sobre la pared cargada de humedades. Guardó el arma y extrajo un cuchillo ancho y pesado del maletín. Le amputó las manos de dos diestros tajos y también las guardó.

La policía encontró el almacén a la semana siguiente, alertada por los vecinos que se quejaban de un mal olor superior a lo habitual. Los cadáveres descompuestos de tres mujeres acompañaban al del turco Faruk, hinchado por los gases como un globo de feria. Decidieron cerrar el caso del destripador, un buen ciudadano lo había encontrado antes y encargándose de administrar justicia.

Nadie se preguntó porqué le habían cortado las manos.

****

Con la luna llena llegaron los últimos ajustes para la cámara. Maier introdujo dentro de una pequeña caja metálica los ojos de la vidente, parte del corazón de una niña, los dientes de tres mujeres, y así con pequeños trozos de vísceras arrancados por su ayudante a las víctimas de Faruk. Metió la caja dentro de la cámara y la fijó en un lateral. Luego, con infinito cuidado, acopló la calavera desnuda de Caspar Schadow junto al hueco donde iría el herraje del objetivo.

Tan sólo quedaban las lentes.

Dieter hizo un círculo con sal en el suelo y dentro dispuso las dos manos de Faruk, encendió una cerilla larga y gruesa y la aplicó con paciencia a la carne muerta. Ésta se inflamó con un fuego amarillento y sucio. Era una mano de gloria, un conjuro de protección. La magia que su amo iba a realizar era peligrosa, hasta para un mago de su categoría.

Los cristales llevaban días sumergidos en sangre, una sangre que se había renovado para que siempre fluyera fresca. Maier extrajo las lentes y dejó que el líquido se secara sobre ellas dejando una costra negruzca. Siete vidas estaban ligadas por sangre con las lentes y Maier convocó, murmurando una vieja y oscura letanía, a cada una de ellas, introduciendo sus almas en los cristales perfectamente tallados, arrebatando su posesión a la mismísima Señora. Si la mano de gloria no hubiera humeado con fuerza, la misma muerte habría entrado en el cuarto para llevarse a Maier por tamaña ofensa.

La última alma fue atada. El anciano limpió las lentes con cuidado, aplicó algo de la grasa que Dieter había traído de la primera mujer y enganchó los cristales al cuerpo metálico del objetivo. Lo ajustó al herraje de la cámara y se retiró unos pasos.

Había terminado la que posiblemente sería su última obra, sin duda, la más grande de todas.

Dieckmann llegó a Viena apenas una semana después. Se mostró contento, la producción de Nosferatu iba tal y como esperaban. Habían localizado un doble perfecto para las escenas normales, un tal Max Schreck. Con el maquillaje adecuado nadie notaría la diferencia. Por otro lado, Murnau había vuelto de París con la amalgama perfecta para la fabricación del film. Si la cámara que Maier había construido cumplía lo prometido, pronto podrían comenzar el rodaje.

Al verla lanzó un silbido de admiración.

-Herr Maier, se ha superado -Dieckmann alargó el brazo y rozó, con la punta de los dedos, el fino acabado en cuero de la máquina-. ¿Tuvo algún problema con las lentes?

-Ninguno. La talla resultó perfecta, como si yo mismo la hubiese realizado. La cámara está preparada para rodar, pero no debe usarse a la ligera. Es un artefacto como no ha existido otro en la historia.

Dieckmann asintió. Trató de levantarla y apenas pudo alzarla unos centímetros. Era mucho más pesada de lo que parecía a simple vista. Una vez cargada con el rollo de película, harían falta por lo menos dos operadores para poder moverla. El único detalle que le llamó la atención al observarla más de cerca fue que el visor estaba sobre la cámara.

-Créame Dickmann, lo que esas lentes pueden captar no debería ser visto por el ojo humano. A menos que quiera crear un monstruo que comparta su visión. Aquellos tocados por la Señora siempre han sufrido un destino terrible.

-Entiendo. Murnau se quejará por el enfoque pero le haré comprender lo peligroso que sería exponerse directamente a la visión. ¿Cree usted que en la proyección se correrá algún tipo de peligro? Es algo que nunca nos habíamos planteado.

El anciano negó con la cabeza.

-No más que en cuadros, esculturas o fotografías. Aquellos de voluntad débil o mente inestable podrían sufrir desmayos, quizás pesadillas o perdidas de memoria. Nada de lo que la Orden deba preocuparse.

El anciano acarició también la cámara. Pronto serviría para lo que fue creada. Entregó a Dieckmann un tarro de grasa humana para que lubricaran con ella el mecanismo antes y después de cada uso. Dieter embaló la cámara en una caja de madera llena de paja y algodón.

Cuando el productor alemán se llevó la cámara, Maier sintió como si parte de sí mismo abandonara la casa, restándole tiempo a los pocos años que le quedaban de vida. Había puesto todo su empeño y conocimiento en aquel artefacto, pero a él pocos le recordarían tras su muerte, como a Schadow, olvidado, como a tantos otros. Murnau recibiría la gloria, estaba seguro de ello.

La noche siguiente no nevó en Viena. Maier dormía plácidamente mientras Dieter limpiaba los últimos restos del ritual. Limpió las cenizas de la mano de gloria y las lanzó al viento. Cerró todas las puertas y apagó las luces.

Al día siguiente fue a despertar a su amo. Abrió la puerta del cuarto y una bocanada de aire pestilente le asaltó de improviso. Toda la habitación estaba cubierta de insectos, tábanos, gusanos y escarabajos. Sobre la cama estaba Herr Maier, abierto en canal como un cerdo en el matadero, con la carne alrededor de la herida putrefacta y descompuesta.

Pero en su rostro, pese a todo, se dibujaba una sonrisa amplia y satisfecha construida a cortes de dolor y ensueño.

Minicuento – El cerdo Berto

Berto gruñó un poco mientras se revolvía entre la paja. Era un cerdo con nombre. La cría del amo se lo había puesto, como al resto de animales. Pero Berto acudía al escuchar su nombre junto a los barrotes y la cría siempre reía al verle mover su hocico largo y rosado buscando la comida que el amo traía. También le cambiaba la paja y, de vez en cuando, le tiraba agua con la manguera. A Berto le gustaba la granja.

Volvió a gruñir, esta vez junto a su comedero. Estaba vacío. Nunca antes había estado así. Fuera no se escuchaba mucho. El cacareo de las gallinas. El rumor del viento. El relincho lejano del caballo. Berto dio una vuelta inquieta dentro de su pequeña porqueriza. Asomó el morro y trató de olfatear a su amo. O a la comida. Nada.

Pasó el tiempo y nadie entró en el cobertizo. Berto tenía mucha hambre. Había lamido hasta los últimos restos en su comedero. La paja estaba húmeda y fría. La porqueriza se le hizo diminuta y estrecha, tanto que decidió empujar la portezuela que le encerraba con todas sus fuerzas. Apenas logró moverla un poco. El cerdo se fijó en la cuerda que ataba el cierre. Si se apoyaba en el comedero podría llegar a ella. Enganchó sus pequeños y afilados dientes al trozo de cáñamo y mordió con insistencia. No tardó mucho en deshilachar la cuerda. Volvió a empujar y abrió la puerta. Fuera no había nadie. Levantó la cabeza y trató de olisquear algún rastro. En ese momento captó el olor. Comida.

Avanzó con sus pasitos cortos todo lo rápido que pudo hasta salir del cobertizo. El sol estaba de color naranja. Las gallinas no hacían ruido. Caminó hasta la casa del amo siguiendo el rastro. Las máquinas estaban paradas. Nada se movía. Encontró a la cría del amo, tumbada sobre las escaleras del porche. El olor venía de allí. Berto empujó a la cría con su morro húmedo y rosado, pero no obtuvo respuesta. Subió como pudo las escaleras. Arriba estaba el amo. Y la compañera del amo. Desde allí pudo ver el camino de la granja. Había más máquinas paradas. Y más humanos quietos, tumbados en el suelo. Como el amo y su cría. Se acercó y observó su rostro. Estaba gris. No se movía.

Le dio un tímido mordisco. Y luego otro. No paró hasta quedar saciado.

Y así fue cómo los cerdos heredaron la tierra.

Minicuento: El hombre que comía libros

Conocí a M. a través de un amigo común, un bibliófilo empedernido para el que conseguía libros de vez en cuando, nada demasiado caro, todo del siglo veinte, que solía invitarme a comer cuando visitaba Barcelona. M. era un tipo grande, orondo, calvo y siempre sonriente. Pasaba ya de la cincuentena la primera vez que nos encontramos, y de eso hacía más de diez años.

A lo que iba. M. no era un aficionado más, como el resto de gente que había conocido en las comidas organizadas por mi amigo, no: él era un auténtico amante de los libros, un hombre de una extraordinaria cultura y con el que daba gusto hablar de ediciones, incunables, manuscritos y hasta, lo comprobé en más de una ocasión, de tipos de imprenta y composición del papel. Sí, era un verdadero experto. Lo único, devoraba libros. Quiero decir que se los comía físicamente, no es una figura retórica. Lo hacía de forma pausada, primero leía el índice y seleccionaba los capítulos más apetitosos. Cortaba las páginas con cuchillo y tenedor y luego, a veces mojando las hojas en alguna salsa, nunca supe si dulce o picante, las engullía con cara de gran satisfacción.

De vez en cuando le conseguía algún libro por encargo. Tampoco nada demasiado caro, pero siempre de la mayor calidad en cuanto al estado y conservación del volumen. No es que la idea de que un libro caro desapareciera del mercado me entusiasmara, pero M. era rico y pagaba bien, lo suficiente para que no tuviera demasiados escrúpulos. De todas formas, y para mi alivio, nunca pidió, ni le vi comer, códice alguno, nada de páginas miniadas o manuscritos medievales. Una vez me confesó que sentía cierta atracción morbosa por los originales de DaVinci, pero que por un lado no podía dejar al mundo sin aquella belleza, y por otro, que las tintas antiguas estaban llenas de plomo y otros metales que podían acabar por envenenarle.

Aprovechando un viaje relámpago a Barcelona, quedé con nuestro amigo común, el cual me invitó a visitar a M. en su casa. Accedí sin pensarlo; acababa de perder una venta y llevaba en la maleta dos ejemplares del Ulyses que podían servirle a M. como cena durante meses. Aparcamos cerca de Balmes y seguí a mi amigo hasta la puerta de la finca donde M. vivía en un ático de tres plantas.

Nos abrió la puerta el ayuda de cámara, un hombre mayor, contrapunto de M. en peso, estatura y carácter. Pasamos a una pequeña salita y desapareció en busca de su empleador.

No tardó en volver con el rostro congestionado y los ojos a punto de salírsele de las órbitas. Apenas pudo tartamudear el nombre de M., señalando las escaleras que daban al piso superior. Ni que decir tiene que subimos a toda prisa los escalones. La puerta que daba al despacho estaba abierta. Entramos y nos encontramos con el peor de los escenarios. M. estaba sentado en un cómodo sillón orejero y vestido con un pijama de franela gris y una bata a cuadros rojos y negros. Su rostro estaba desencajado en una mueca de dolor y tenía una lividez digna del peor fantasma. Entre las manos todavía sujetaba un libro al que, como era usual, le faltaban varias páginas. Nos acercamos. M. había vomitado parte de la sobrecubierta del libro sobre la alfombra. No era la primera vez que el plástico le sentaba mal, pero aquello era demasiados. Mi amigo le tomó el pulso y negó con la cabeza. M. había muerto.

–¿Qué crees? –me preguntó mientras se dirigía hacia el teléfono– ¿Se habrá atragantado? ¿La tinta era venenosa?

–No –contesté. En el montón de papeles troceados del suelo pude ver la foto de un tipo gordezuelo y con gafas que miraba al objetivo del fotógrafo con gesto confiado–. Ha sido indigestión –dije, reconociendo por fin la cubierta del último libro de César Vidal.

 

Isis

Un cuento pequeño que tuvo un ir y venir constante hasta salir en Tierras de Acero.

Tiene algunas de mis obsesiones sobre los años 20. No todas, claro, pero esas ya saldrán… seguro.

Isis y el velo

 

Sin duda, los labios de Amanda poseían la extraña cualidad de enfermar a los hombres, volverles locos, ausentes, noctámbulos, bohemios; con sólo un beso, una palabra susurrada o una risa cómplice, barones, mafiosos y buscavidas sin patria sentían hervir la sangre por sus venas y adquirían, sin remedio, una extraña sensación de vacío justo en la boca del estómago.

Solía frecuentar el Revolution, donde, bajo los mejores y más minúsculos trajes de seda, ese tipo de vestido ligero que oculta y muestra con desigual fortuna, dejaba que hombres, invariablemente vestidos de etiqueta, la invitaran a copas dulces y le regalaran joyas terriblemente caras. Y todo eso sin ni siquiera abrir sus finas piernas o permitir contacto alguno más que alguna caricia, leve y lujuriosa.

Ella era la promesa del placer, la invitación a la lascivia, el deseo, el preludio inevitable de una erección dolorosa; ella era todo eso y más, la idea misma del pecado, la avaricia de los hombres.

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La realidad copia a Stephen King

Leo en ElMundo : “Nadie muere en la tercera planta a menos que Oscar le haga una visita y se quede un rato”. Oscar no es el médico ni el párroco, sino un gato adoptado por el personal de un geriátrico estadounidense cuando era un cachorro.

Por lo visto, llevan controlando al gato tres años y no falla. Por si fuera poco, su “radio de acción” se limita a la parte de ancianos con Demencia.

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Había pensado escribir un relato sobre esto, pero sería un relato de King, no mio. Si es que hasta es en Rhode Island.

 

La Escaramuza – Precuela en Aurora Bitzine

A final de año saldrá en Parnaso “Canción de espadas”, mi primera incursión en el mundo de la fantasía épica (bueno, épica… digamos sucia y violenta)

Como pequeño adelanto ya se puede leer “La escaramuza”, cuento que explora el pasado de uno de los personajes principales.  A lo largo del año iré sacando otros relatos que completen, por así decirlo, a la novela.

Es poco más que lo que su nombre indica, un primer encuentro, rápido y borroso. Gracias a Manuel Burón, de Aurora Bitzine, por publicarlo.

Paura 4 – Sobras

Me dice Santi Eximeno que mi cuento Sobras aparecerá en la siguiente edición de la antología de terror Paura, que ya va por su cuarta edición y se consolida, para mí, como el referente español de literatura de terror.

El cuento salió como resultado de una gripe y lo escribí en una tarde de fiebre y escalofríos. Quedó noventero-noventero, quizás con influencias de Breston Ellis y Barker. Un relato corto escrito a base de frases directas, muchas imágenes y mal rollo garantizado.

Además, comparto un cartel de lo más lucido en el que sólo echo a faltar la presencia de Marc R. Soto (habitual de Paura):

Sobras (Alfredo Álamo)
La herida sigue sangrando (Luis Barrera Bermejo)
El Encargo (Juan Díaz Olmedo)
Facilis Decenus (Francisco Javier Pérez)
Factor común (Sergio Gaut Vel Hartman)
Pityocampa (Nuria C. Botey)
Expiación (Eva Díaz Riobello)
Las Ménades Furiosas (José Rubio y José Miguel Cuesta)
El tacto de tu piel (Santiago Eximeno)
The Cutting Room (Shane Jiraiya Cummings)
Autorretrato (Miguel Cisneros Perales)
La mentira al final del pasillo (David Jasso)
Giovannina está contigo (David Mateo)

Paura 4 saldrá en Noviembre y será presentada en la Hispacón de Sevilla 2007. Allí os espero a todos 🙂