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Lunarias ilustrado: Disponible en pago social

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Uno de los proyectos que más ganas tenía de sacar era la versión ilustrada de Lunarias. Si en su día la edición quedó muy bien, siempre me había quedado con las ganas de presentar unas ilustraciones que acompañaran a los microcuentos. Por suerte, Carlos Cuesta Dolz se dejó embaucar y realizó unas ilustraciones que están muy por encima de mis cuentos, por lo que no puedo estar más que agradecido.

A la hora de ponerlo a disposición del público, creo que poner una versión digital es lo apropiado. Quiero que el mayor número de personas pueda disfrutar de este libro y de los nuevos dibujos, así que está disponible en Lektu -una plataforma digital que deberíais conocer ya-, y para descargarlo sólo hay que compartirlo en Facebook o Twitter. Más fácil no puede ser.

Descargar Lunarias Ilustrado en Lektu

 

Proyectos en marcha: Lunarias ilustrado

Lunarias es una de las antologías de las que me siento más satisfecho. Pese a las dificultades de distribución, el libro llegó a bastante gente y las críticas han sido, en su mayoría, bastante favorables. Sin embargo, desde su publicación siempre me quedó la espinita clavada de preparar una edición ilustrada. Han pasado los años y por fin he encontrado a alguien cuyo estilo dibujando se adapta como un guante a mis minicuentos en Lunarias. Llevamos (lleva) un tiempo trabajando en ello (esto es un proyecto que todavía no sabemos cómo terminará) pero no puedo resistirme a poner alguna de las ilustraciones que Litos está terminando. Aquí os dejo con una pequeña maravilla. Espero que os guste.

Lunarias

Pequeña Nueva Inglaterra con Ediciones del Cruciforme

Pequeña Nueva Inglaterra

La playa de Innsmouth un verano cualquiera

Ahora que Lovecraft está de moda para muchos, aunque en el fondo de mi cabeza lleva dando patadas para liberarse desde que tengo 14 años, no podía dejar pasar la oportunidad de escribir unos cuantos microcuentos dedicados al maestro de lo ignoto, el gurú de lo incognoscible y el campeón de la neurosis. Pequeña Nueva Inglaterra es un diminuto compendio en el que trato de dar un escueto repaso tanto a la vida de Howard Philips como a dos elementos clave en su obra: los pueblos de Nueva Inglaterra, sus mansiones y tradiciones oscuras, así como sus monstruos decadentes, incluyendo a los dioses primigenios.

El resultado es un pequeño tomo que Santiago Eximeno ha publicado en su excelente y minúscula editorial, bajo un curioso sistema: la edición está limitada a 111 ejemplares electrónicos a un precio más que redondo: 0.89 euros. Una vez se vendan todos los ejemplares, la obra pasará a ser CC y de descarga gratuita. Así que ya sabéis, no es que os lo vayáis a pasar bien con estos cuentos, es que le hacéis un favor a todos aquellos que leerán la antología cuando sea libre.

En un local de Nueva York, donde solo se puede entrar a través de la más selecta invitación, las élites decadentes disfrutan de un sushi delicioso y exótico de poderes afrodisíacos. En el almacén, tras la cocina, los profundos, seriamente mutilados, gorjean mientras esperan al hombre de los cuchillos.

Más información en PEQUEÑA NUEVA INGLATERRA.

Presentación y Bookteaser de Lunarias

LunariasYa tenemos fecha para la presentación, el 30 de Abril en el Bruixes i Fades, un bar-ludoteca que todos en Valencia deberíais conocer. El local está en la calle Rubén Darío 18, zona Xuquer, enfrente de la mezquita. A partir de las 20 horas y hasta que el cuerpo aguante estaremos allí para lo que el público guste.

Otra cosita: Aquí os dejo un minitrailer -un bookteaser- de apenas 30 segundos para Lunarias.

Ya están aqui…

Todavía no tenemos fecha segura para la presentación, pero ya es inminente: los ejemplares -tras una odisea de varios días en los que me he quedado sin falanges- ya han llegado a casa y tienen una pinta estupenda. Abrir la caja repleta de libros es una experiencia de ego-boost que no está nada mal.

Ahora sólo me queda encontrarles un hogar. Son tan mooonoos.

Lunarias

Por cierto. Son ocho euros. Id ahorrando las vueltas del café.

Lunarias en Viaje a Bizancio

¡Extra, Extra! ¡True Story!

En las próximas semanas se pondrá a la venta mi primera antologia en castellano de minicuentos y microrrelatos, Lunarias, gracias a la confianza de Viaje a Bizancio Ediciones.

Más de cien nanorrelatos llenos de oscuridad y risas que saldrán en una edición bonita-bonita. La primera tanda, con reserva, será un poco más vistosa que la que luego se podrá comprar vía Print-On-Demand, es decir, desde la web de la editorial se encarga el libro y os lo mandan a casa sin gastos de envío.

Dentro de poco iré poniendo más información y datos sobre cómo y cuándo haceros con la edición limitada firmada por un servidor de ustedes. También podéis seguir el blog que hemos abierto en Lunarias.

¡Nos vemos!

Minicuentos Navideños

-¡No dejes que te muerda! -Gritó Pablo el apostol mientras empuñaba el hacha.
-Pero si es nuestro maestro -contestó Juan.
-No. Ya no lo es. Ahora es uno de ellos.
Y juntos descuartizaron a Jesús sobre el monte de los olivos.

Melchor señaló con disgusto al bebé recién nacido mientras Baltasar guardaba el cuchillo curvo y Gaspar borraba el pentáculo dibujado con sangre sobre el suelo lleno de paja.
-A saber dónde vamos a encontrar a una virgen a estas horas -musitó, mientras los pastores acariciaban a sus ovejas.

A la muerte le gusta bailar al son de las campanillas.

Del cuerpo amoratado y descompuesto nacieron cientos de moscas. Un milagro más para la nochebuena en el viejo sótano de la cabaña abandonada.

Cuando lo encontraron, colgaba desnudo, ahorcado con el cable de las luces de navidad, girando al son de un pegadizo villancico mientras las bombillas se encendían y apagaban una y otra vez. Resultó ser un espectáculo horrendo pero entrañable.

Esto no es una lápida -rezaba un epitafio-. Es una puerta.

Un belén hecho con zombis es un belén no-viviente.

Al excavar en el jardín aparecieron decenas de trajes rojos, gorros con borla, cinturones con gruesas hebillas, un sinfín de campanillas y un montón de huesos.
-Aquí es donde vienen a morir cuando acaba la navidad -trataba de explicarle el padre a su hija mientras la policía se lo llevaba esposado.

¿Qué? ¿Febrero dices? Menuda nochevieja, amigos…

Todavía más Minicuentos Navideños

Santa siempre sirve carne de reno el día 26. Eso los mantiene rápidos y competitivos.

Los reyes magos encontraron al mesías reencarnado. Gaspar lo asfixió con una almohada mientras los otros dos vigilaban. Dos mil años de maldición eran más que suficiente.

La carta del huérfano conmovió al viejo Santa, pero ni siquiera él podía traer a nadie de la muerte.

El trineo abandonado, justo al fondo del garaje, recordaba mejores navidades, sobre todo aquellas en las que su joven amo se lanzaba ladera abajo. Hasta aquella vez.

El fin del mundo no llegó tras las doce campanadas, excepto para el viejo Matías, que no pasó de la quinta uva entre toses y ahogos.

El monstruo del armario son los padres.

Más minicuentos navideños

Le rajó el cuello de parte a parte. Leche y galletas, masculló el gordo, leche y galletas. Tampoco pedía tanto, ¿verdad?

El fuerte olor a podrido les indicó a todos que el tío Oscar había vuelto a casa por Navidad, pese a todo.

La botella reserva del 82 no estaba llena de vino.
-¿En qué año dices que naciste? -preguntó el viejo y siniestro vecino, mientras cerraba de un sonoro golpe la gruesa puerta de la bodega.


El fantasma de la abuela se le apareció a su nieto justo antes de la nochebuena.
-¡Mátalos! -le susurró al oído- ¡Mátalos a todos!
El juez, sin embargo, no creyó ni una palabra de todo aquello antes de condenarlo a la horca.


El fantasma de las navidades futuras señaló la tumba del hombre avaricioso.
-¿Mármol? Panda de desgraciados -exclamó el avaro, pateando su propia lápida.


Al niño malo le volvieron a traer un saquito de carbón. Por fin tuvo suficiente como para prender fuego a la casa.

Minicuento – El cerdo Berto

Berto gruñó un poco mientras se revolvía entre la paja. Era un cerdo con nombre. La cría del amo se lo había puesto, como al resto de animales. Pero Berto acudía al escuchar su nombre junto a los barrotes y la cría siempre reía al verle mover su hocico largo y rosado buscando la comida que el amo traía. También le cambiaba la paja y, de vez en cuando, le tiraba agua con la manguera. A Berto le gustaba la granja.

Volvió a gruñir, esta vez junto a su comedero. Estaba vacío. Nunca antes había estado así. Fuera no se escuchaba mucho. El cacareo de las gallinas. El rumor del viento. El relincho lejano del caballo. Berto dio una vuelta inquieta dentro de su pequeña porqueriza. Asomó el morro y trató de olfatear a su amo. O a la comida. Nada.

Pasó el tiempo y nadie entró en el cobertizo. Berto tenía mucha hambre. Había lamido hasta los últimos restos en su comedero. La paja estaba húmeda y fría. La porqueriza se le hizo diminuta y estrecha, tanto que decidió empujar la portezuela que le encerraba con todas sus fuerzas. Apenas logró moverla un poco. El cerdo se fijó en la cuerda que ataba el cierre. Si se apoyaba en el comedero podría llegar a ella. Enganchó sus pequeños y afilados dientes al trozo de cáñamo y mordió con insistencia. No tardó mucho en deshilachar la cuerda. Volvió a empujar y abrió la puerta. Fuera no había nadie. Levantó la cabeza y trató de olisquear algún rastro. En ese momento captó el olor. Comida.

Avanzó con sus pasitos cortos todo lo rápido que pudo hasta salir del cobertizo. El sol estaba de color naranja. Las gallinas no hacían ruido. Caminó hasta la casa del amo siguiendo el rastro. Las máquinas estaban paradas. Nada se movía. Encontró a la cría del amo, tumbada sobre las escaleras del porche. El olor venía de allí. Berto empujó a la cría con su morro húmedo y rosado, pero no obtuvo respuesta. Subió como pudo las escaleras. Arriba estaba el amo. Y la compañera del amo. Desde allí pudo ver el camino de la granja. Había más máquinas paradas. Y más humanos quietos, tumbados en el suelo. Como el amo y su cría. Se acercó y observó su rostro. Estaba gris. No se movía.

Le dio un tímido mordisco. Y luego otro. No paró hasta quedar saciado.

Y así fue cómo los cerdos heredaron la tierra.

Minicuentos navideños

El verdugo acabó regalando lo de siempre: un golpe limpio y seco. Nunca obtuvo un gran aguinaldo.

Nunca supieron qué olor les alertó antes, si el de carne quemada o descompuesta. Lo cierto es que la franela roja ardió con un humo desagradable al encender la chimenea.

El segundo corte llegó hasta el hueso. Después de todo, nunca había querido llamar la atención, ni siquiera en fiestas tan señaladas.

La niña dejó entre las manos de su difunto padre una serpentina de colores. Horas más tarde, a seis pies bajo tierra, alguien murió atragantado entre sonoros pitidos.

El regalo para la policía fue dividido en dieciseis paquetes de distinto tamaño y peso. La nota adjunta decía “Jack os desea Feliz Navidad”

Era un envolotorio perfecto, ajustado, sin apenas dobleces o burbujas de aire, coronado por un precioso lazo azul eléctrico. Dejó de respirar a los dos minutos.

Enterraron al suicida fuera del camposanto. En nochebuena siempre había sido de los de dar de comer aparte.

-¿No la escuchan? ¡Está ahí! -dijo el enfebrecido asesino, levantando la tabla del suelo que ocultaba, a los ojos de los policías, la ensangrentada campana que el viejo Klaus utilizaba para atraer a los niños.

-Feliz navidad, cariño -dijo el hombre malcarado al abrir el congelador.
-Y próspero año nuevo -contestó su víctima, antes de arrastrarlo camino al infierno.

Ningún vampiro bailó en nochevieja bajo la bola de espejos.

No todas las galletas de exploradora saben a pollo.

La banshee tuvo un detalle con el viejo Shamus al cantar un villancico la noche antes de su muerte.

Minicuento: El hombre que comía libros

Conocí a M. a través de un amigo común, un bibliófilo empedernido para el que conseguía libros de vez en cuando, nada demasiado caro, todo del siglo veinte, que solía invitarme a comer cuando visitaba Barcelona. M. era un tipo grande, orondo, calvo y siempre sonriente. Pasaba ya de la cincuentena la primera vez que nos encontramos, y de eso hacía más de diez años.

A lo que iba. M. no era un aficionado más, como el resto de gente que había conocido en las comidas organizadas por mi amigo, no: él era un auténtico amante de los libros, un hombre de una extraordinaria cultura y con el que daba gusto hablar de ediciones, incunables, manuscritos y hasta, lo comprobé en más de una ocasión, de tipos de imprenta y composición del papel. Sí, era un verdadero experto. Lo único, devoraba libros. Quiero decir que se los comía físicamente, no es una figura retórica. Lo hacía de forma pausada, primero leía el índice y seleccionaba los capítulos más apetitosos. Cortaba las páginas con cuchillo y tenedor y luego, a veces mojando las hojas en alguna salsa, nunca supe si dulce o picante, las engullía con cara de gran satisfacción.

De vez en cuando le conseguía algún libro por encargo. Tampoco nada demasiado caro, pero siempre de la mayor calidad en cuanto al estado y conservación del volumen. No es que la idea de que un libro caro desapareciera del mercado me entusiasmara, pero M. era rico y pagaba bien, lo suficiente para que no tuviera demasiados escrúpulos. De todas formas, y para mi alivio, nunca pidió, ni le vi comer, códice alguno, nada de páginas miniadas o manuscritos medievales. Una vez me confesó que sentía cierta atracción morbosa por los originales de DaVinci, pero que por un lado no podía dejar al mundo sin aquella belleza, y por otro, que las tintas antiguas estaban llenas de plomo y otros metales que podían acabar por envenenarle.

Aprovechando un viaje relámpago a Barcelona, quedé con nuestro amigo común, el cual me invitó a visitar a M. en su casa. Accedí sin pensarlo; acababa de perder una venta y llevaba en la maleta dos ejemplares del Ulyses que podían servirle a M. como cena durante meses. Aparcamos cerca de Balmes y seguí a mi amigo hasta la puerta de la finca donde M. vivía en un ático de tres plantas.

Nos abrió la puerta el ayuda de cámara, un hombre mayor, contrapunto de M. en peso, estatura y carácter. Pasamos a una pequeña salita y desapareció en busca de su empleador.

No tardó en volver con el rostro congestionado y los ojos a punto de salírsele de las órbitas. Apenas pudo tartamudear el nombre de M., señalando las escaleras que daban al piso superior. Ni que decir tiene que subimos a toda prisa los escalones. La puerta que daba al despacho estaba abierta. Entramos y nos encontramos con el peor de los escenarios. M. estaba sentado en un cómodo sillón orejero y vestido con un pijama de franela gris y una bata a cuadros rojos y negros. Su rostro estaba desencajado en una mueca de dolor y tenía una lividez digna del peor fantasma. Entre las manos todavía sujetaba un libro al que, como era usual, le faltaban varias páginas. Nos acercamos. M. había vomitado parte de la sobrecubierta del libro sobre la alfombra. No era la primera vez que el plástico le sentaba mal, pero aquello era demasiados. Mi amigo le tomó el pulso y negó con la cabeza. M. había muerto.

–¿Qué crees? –me preguntó mientras se dirigía hacia el teléfono– ¿Se habrá atragantado? ¿La tinta era venenosa?

–No –contesté. En el montón de papeles troceados del suelo pude ver la foto de un tipo gordezuelo y con gafas que miraba al objetivo del fotógrafo con gesto confiado–. Ha sido indigestión –dije, reconociendo por fin la cubierta del último libro de César Vidal.