Mañana será tierra

Mañana será tierra es el título que finalmente se ha quedado un libro que muchos de vosotros, a los que suelo molestar, conocéis como Maginot. Ahora, que ya podéis encontrarlo a la venta, me gustaría hablar un poco de la historia, de cómo surgió.

Creo que fue hace casi seis años cuando me puse a escribir por primera vez Mañana será tierra. Las primeras pruebas fueron en valenciano, no recuerdo bien si había algún tipo de concurso, pero pasé pronto al castellano; estaba escribiendo dos o tres cosas más y el cambiar de un idioma a otro me dejaba un poco descolocado delante del teclado.

Siempre he sentido una fascinación por túneles y catacumbas. Ese otro libro, eterno, inagotable, inacabable que nunca termino, Memento Mori, es buena prueba de ello. Tengo un buen montón de cuentos ambientados en lugares oscuros, cerrados y subterráneos. La Línea Maginot, parte fundamental del libro, era parte de esos lugares abandonados y misteriosos que tanto me interesaban, sobre todo desde que vi un par de documentales sobre la zona y empecé a explorar en sitios web de catafilia dedicados a estas fortificaciones. Cuando comencé a documentarme más a fondo sobre la Línea conseguí planos, especificaciones, fotos, testimonios… la verdad es que hay hasta un par de visitas virtuales por puestos rehabilitados.

Tenía claro el escenario final, los túneles, la soledad, el aislamiento, el telón de fondo de la guerra… crear un personaje en España y que llegara hasta allí fue más fácil de lo que creía. A base de investigar sobre refugiados en los campos franceses de “refugiados” -hay muy poca documentación para lo que debería- encontré numerosos testimonios que me permitían suponer de una manera realista el paso de un campo a un lugar de trabajo forzado, y quizá hasta una huida no demasiado complicada, si hubiera sido necesario. Lo curioso es que, tras terminar el libro, he hablado con gente cuyos familiares pasaron por un camino parecido al del protagonista de Mañana…

Recapitulo un poco. Tenía un buen escenario, abundante documentación, una línea argumental pensada… pero pocas veces me ha costado tanto encontrar la manera de contar una historia. No recuerdo cuántas veces borré lo que tenía escrito y volví a comenzar. Sé que en una de las veces llevaba más de la mitad de la novela escrita y que Raquel casi me golpea con el teclado. Gajes del escritor, supongo.

Costó, sí, pero creo que el resultado final vale la pena. Aunque luego diera vueltas sin pena ni gloria por editoriales, aunque quedara segundo en el Maracena de Terror -que no ganó por no ser “de terror”- y que por último haya aparecido casi con cesárea. Es lo mejor que he escrito hasta ahora y en él vuelco muchos de mis miedos, que no son más que preguntas sin respuesta, esas que todos tenemos y que ni siquiera queremos formular por miedo a que lo único que quede en el aire sea el hueco eco de nuestra propia voz.

Mañana será tierra. Viaje a Bizancio. 2011. Si lo veis abandonado en una librería, adoptadlo. Ocupa poco espacio en la biblioteca, pero es más grande por dentro.

Back to business

Time is running outHoy es un día de cambios, casi de volver a empezar tras un par de años en el que mi cerebro ha estado más pendiente del trabajo que de otra cosa. No me quejo, Lecturalia es un proyecto apasionante que puede dar más de una sorpresa este año si todo sale bien y las fuerzas del mal no se conjuran demasiado. Pero lo cierto es que echaba de menos tener algo más de tiempo para escribir, leer -si, leer más todavía, si es que se puede-, además de prestar atención al resto del equipo demoníaco que forma parte de mi vida.

Por suerte tengo un jefe razonable que entiende lo que acaba por moverme, así que ahora tengo un poco más de tiempo cada semana para escribir y dedicarle más atención a la faceta de escritor 2.0 que tengo tan abandonada (no hay más que mirar de cuándo son las últimas entradas del blog). Hoy mismo me he puesto a revisar lo que tengo pendiente de escribir -además de otros proyectos- y he decidido seguir con una historia de ciencia ficción que apenas estaba esbozada. ¿Seré capaz de retomar la cifi como toca? Hace eones que trato de no escribir de una manera escapista y todavía no sé cómo va a quedar lo que estoy haciendo. Espero que crezca como toca, por lo menos sé que hay tres personas interesadas.

Ciencia ficción, cuantos delitos se han cometido entu nombre… Espero que os guste la New Weird Space Opera, amigos.

A Zombie Christmas Carol (I)

A Zombie Christmas Carol

El viejo Scrooge cerró la puerta tras las espaldas mugrientas de su empleado Cratchit y del tullido de su hijo Tim. Cómo odiaba a aquella sanguijuela, siempre pidiendo y pidiendo, jamás satisfecho con la justa retribución que recibía por su trabajo.

En aquella ocasión hasta había tenido la desfachatez de llevar a su hijo para dar lástima, para apelar a sus sentimientos navideños. Paparruchas, por supuesto, que un perro hubiera mordido al mocoso en la pierna -seguramente por culpa del niño-, no iba a cambiar su balance anual, sus cuentas, sus ajustes.

El viejo apuró una nueva copa de ponche bien cargado de coñac, se arrebujó entre los pliegues morados de su bata afelpada y se quedó traspuesto en el sillón orejero frente a la inmensa chimenea que presidía el salón de la casa.

Scrooge notó un ligero golpe en la cabeza, una leve molestia. Luego otra, y otra más. Despertó a base de collejas y con un humor de mil demonios.

-¿Pero qué demonios? -farfulló, todavía con la babilla entre los labios.

Se quedó mudo. Allí, frente a él, estaba el viejo señor O’Malley, el viejo borracho irlandés que malvivía frente a la mansión de sus padres cuando él era niño. Se frotó bien los ojos y se agarró a los brazos del sillón con todas sus fuerzas.

-Pero… pero… ¡tú estás muerto, O’Malley!
-Es cierto chaval -contestó el irlandés con un amistoso guiño-. Soy el fantasma de las navidades pasadas, y he venido para hacerte recordar… Acompáñame, por favor.

Con un sólo gesto de su mano Scrooge se vio transportado a una noche fría y helada, una noche de navidad como aquella solo que muchos años antes. Contempló el barrio, las viejas casas parecían nuevas y la gente reía alegremente, paseando despreocupada.

-No, no es posible. No puede ser esta noche. No, por favor.

Scrooge había pasado la mayor parte de su vida tratando de olvidar ese preciso momento, esa noche de navidad en que el mundo comenzó a cambiar y que había acabado con su infancia de cuajo.

-Mira, Scrooge. Eres tú. Mira qué bien te lo pasabas jugando con tu perro.

El viejo se contempló en la distancia. Qué pequeño había sido alguna vez, y qué inocente parecía. Su padre esperaba en casa a que volviera y su madre ya había preparado la cena. Lo único que tenía que hacer era dar media vuelta…

-¡Escúchame, chico! -se gritó- ¡Vuelve a casa! ¡Ya es muy tarde!

O’Malley acompañó a Scroge en su carrera hacia su joven yo sin perder la sonrisa, aunque, de fijarse alguien, habría descubierto que había adquirido cierto tinte melancólico.

-No puede oírte, Scrooge. Sólo hemos venido a mirar. A recordar.

El perro lanzó un par de ladridos debajo de un montón de basura. El joven Scrooge se acercó a ver qué pasaba. Apartó unas cuantas maderas y se encontró con un espectáculo sangriento: el viejo O’Malley estaba allí, con el cuello desgarrado de un tremendo mordisco y su perro no hacía más que meter el hocico en la herida. Asustado, se dio media vuelta y huyó. El aullido del perro, acompañando su carrera, sonó como un alarido lanzado desde el infierno.

-¿Nunca te has preguntado qué pasó después?
-Sé lo que pasó, O’Malley. Ellos ocuparon las calles. Ellos se llevaron a mi padre y a mi madre. ¿Cómo olvidarlo? ¿Acaso crees que fueron unos años fáciles? Ahora los jóvenes no saben lo que es encontrarse con esos… esos… monstruos.

El perro se había acercado a ellos y olfateaba el aire con la boca llena de espuma. Scrooge se alarmó y dio un respingo.

-No te preocupes. No puede tocarnos. Es a él a quien busca.

Desde el final de la calle venía silbando un joven de chaqueta marrón y gorra calada. Scrooge creyó reconocerlo, Andy, uno de sus compañeros en la escuela para jovencitos del señor Brown. Hizo un gesto para saludarlo, pero se descubrió a medio camino sientiéndose un poco tonto. El perro, sin embargo acudió a su encuentro meneando el rabo.

-Qué pasa, Sheppy -dijo Andy, reconociendo al chucho-, ¿dónde está tu amo? ¿quieres que te lleve a casa?

Por toda respuesta, el perro se le lanzó al cuello con una rapidez demoníaca. Cuatro bocados después, Andy yacía sobre los adoquines, muerto.

-¿Qué se supone que tengo que mirar? -Dijo Scrooge con los ojos llorosos.
-Esto -contestó O’Malley.

El cadáver de Andy sufrió una ligera convulsión seguida de unos fuertes estertores. Se levantó como una marioneta cuyas cuerdas se hubieran enredado. Los ojos se le entornaban velados y la mandíbula le colgaba mostrando una lengua hinchada. Avanzó un paso, y luego otro, y luego resbaló antes de caer frente a Scrooge; se incorporó de un salto felino, estudiado, con las manos tensas como garras en busca de su cuello. Scrooge trastabilló y lanzó un agudo grito desde lo más profundo de su sillón orejero que resonó por todo su inmenso salón,logrando incluso hacer tintinear la ponchera.

Actitud

Perdonad mi acento marxista, pero me recorre un fantasma el espinazo cuando los dueños de los medios de producción se imponen a la creación para conseguir una sub-sub-cultura esquematizada y cuadriculada de la que parece imposible escapar. Por todos lados aparece el fantasma de la profesionalización, de tal forma que parece la única salida el doblegarse, agachar la rodilla y perder gran parte de tu alma.

Ves a los amigos más preocupados en acertar con lo que se lleva, con la tendencia, con la tontería del mes, reescribiendo, cambiando, todo para pasar un filtro cada vez más rígido, compuesto de encuestas y márketing.

Un escritor es un creador, un artista, y debe marcar la diferencia, bien sea para sí mismo o en la sociedad en la que vive. Crear sólo para ganar dinero es pintar acuarelas de payasos, algo muy digno pero que encuentro mortalmente aburrido. No hay que cambiar para adaptarse a la industria. Hay que mejorar para que tu obra acabe logrando su propósito -sea el que sea- por ella misma.

La culpa de todo esto la tiene la Escuela de Frankfurt, Adorno y mi maldita manía de leer demasiados blogs.